sábado, 28 de octubre de 2017

Reseña de "El Ego Trascendental" de Gustavo Bueno (parte II)


A nadie le pude resultar indiferente el fuerte aroma hegeliano que despide el materialismo filosófico de Gustavo Bueno. En este sistema se "reescribe" la aventura del Yo, "tomando conciencia de sí mismo" y "superando" etapas previas, necesarias pero insuficientes. Claro es que Bueno suple la terminología idealista y teísta de Hegel por otra de envoltura materialista, pero sin embargo la exposición del sistema es muy similar a la dialéctica hegeliana. El lector debe centrar mucho el foco de su atención en el concepto buenista de "Ego institucional".


El Ego trascendental, antes de ejercer sus funciones lógico-materiales de enlace y totalización, es un Ego histórico e institucional. Es a través del Ego histórico e institucional como la Ontología deviene una construcción histórico-social y productiva. El Ego trascendental, aunque de forma elíptica y un tanto tortuosa, siempre es explicado por Bueno en los mismos términos cercanos al marxismo. La conciencia filosófica es resultado, según Bueno, de unas relaciones sociales y de producción, y es una forma de conciencia enfrentada a otras formas de conciencia [p. 29]. El universo, como tal, a modo de secreción natural o epifenómeno suyo no tiene por qué producir un Ego trascendental, y este mismo mundo ignora la existencia de ese Ego trascendental. En efecto, el propio materialismo filosófico adviene al mundo una vez que un Ego institucionalizado ha podido erigirse como conciencia del mundo –Mi- y no meramente como "parte" del mundo. Si el Ego institucionalizado, en un determinado estadio de desarrollo histórico-social, no pasa de ser una conciencia al lado o en frente de otras conciencias (conciencia de clase, conciencia étnica, conciencia nacional…), la propia Ontología a que ha de aspirar debería quedar circunscrita a ese mundo esférico y autocontenido. Esa es la conciencia "plana" de los sistemas ontológicos monistas e inmanentistas, una conciencia que puede admitir la fragmentación de su unidad previa, pero que no es la conciencia "volumétrica" del materialismo filosófico, para la cual los géneros especiales de materialidad se "desplazan" en sus equivalentes sitos en el ámbito de la Ontología general. Como escribe Bueno:


"…las correspondencias no son nunca puntuales, sino que simplifican importantes `desplazamientos' de las Ideas, por ejemplo, el `desplazamiento de Dios, como objeto de la Teología natural, trascendente respecto del Universo, al ámbito de la ontología especial del materialismo, que lo pone en correspondencia con M3, que se supone integrado en la inmanencia del Universo" [p.40].


A la manera típicamente hegeliana, este sistema ontológico debe ser capaz de "re-exponer" (criticándolos, pero superándolos) todos los sistemas metafísicos previos, para que sea éste, el buenista, el único que quede libre de carga, y no ser tildado, él también, de ser otro sistema metafísico más. De ahí que Bueno rechace toda acusación de "metafísico" cuando se le hace ver que su M, materia ontológico general, pueda parecer una recaída en el realismo más escolástico (crítica, ésta, vertida por Fernández Lorenzo en numerosas obras, pero a quien Bueno no cita, y también crítica de Quintín Racionero, a quien sí cita, p. 40). La conservación de M, de la Materia ontológico-general, con toda la negatividad o pre-kantismo que conlleva, es el caballo de batalla de esas críticas, pero hay todavía un problema mayor en el sistema de Bueno a propósito de su famosa M, y es el de su "correspondencia" con un Ego trascendental que, en la metafísica cristiana venía representado por Dios. La necesidad de esa E dentro de un sistema en que se ve acompañado de las otras dos ideas cardinales, Mi  y M, nos conduce precisamente a un "teologismo" en la Ontología de Bueno. "Teologismo" a la manera hegeliana, y no a la manera dogmático-cristiana: un Ego enlazador y totalizador de una pluralidad inmanente, cuya unidad "lograda" es precisamente fruto de ese Ego trascendental, quien, humildemente, para llevar a cabo su plan hubo de encarnarse en un Ego institucional, humano y demasiado humano, adquiriendo mayor conciencia (o "potencia gnoseológica" que a su vez será potencia tecnológica, histórico-productiva) hasta transitar al plano ontológico-general. Pero el "tránsito", parece mágico a excepción de unas pocas referencias en la obra buenista a la historia gnoseológico-productiva de la Humanidad que, partiendo de las ciencias griegas se llega al nivel "positivo" de ciencia universal-planetaria con el acceso del modo capitalista de producción. Usamos el término "tránsito" a falta de una reconstrucción verdaderamente genética en esta y en otras obras de Gustavo Bueno. Una reconstrucción como la que propone el profesor Manuel Fernández Lorenzo en su Operatiología: partiendo de las propias operaciones, y no ya de un Sujeto (mente o conciencia) o de un Objeto (cosa, materia o realidad), se van produciendo estructuras de orden superior que envuelven, superan y reobran sobre las estructuras subyacentes y precedentes, a la manera de lo que nosotros, años ha, hemos denominado "constructivismo por capas". Una Operatiología, esto es, una teoría de las Operaciones, es la única posibilidad que al materialismo filosófico de Bueno le cabe para no recaer en un circularismo autodisolvente, en el cual el Ego institucional, capaz de labrar campos cada vez más extensos, incluyendo los campos gnoseológicos, deviene –en un límite o regressus- un Ego trascendental, capaz al menos de sostener que el complemento lógico del universo físico-fenomenológico, el complemento lógico de Mi  no es la "nada" sino que es un "algo".


De la misma manera que un cubo visto frontalmente o desde el aire de una manera tal que queden ocultas las otras caras, parece simplemente un cuadrado, las Ideas ontológico-especiales pueden semejarse a contracciones de Ideas cardinales, ontológico-generales. Así pues, el Ego trascendental E "se corresponde", de forma contraída, con un Ego categorial, institucionalizado, y, a su vez, se corresponde éste Ego categorial con un sujeto corpóreo que ejerce sus operaciones sobre el medio y sobre sí mismo. Los otros géneros especiales de materialidad también pueden ser "expandidos" y así el mundus adspectabilis (Universo fenomenológico) si se entiende como "la totalidad de cuanto existe" haciendo completa abstracción de quién hace tal totalización, pasará a ser M, el equivalente de esa totalización sin totalizador.


No obstante, en este trámite consistente en buscar correspondencias (y por ende, desplazamientos) entre el plano ontológico-especial y el plano ontológico-general surge una ambigüedad o, si se quiere, una especie de "sobre-equivalencia". Nos referimos concretamente a la facilidad con que se pueden superponer M y E en el sistema del materialismo filosófico. Y quizá tenga mucho que ver en ello la insistencia que Bueno hace en las controversias de la Teología (teología católica, principalmente). Pues M es un resultado-límite regresivo, un non plus ultra que exige un E que emprende ese regressus, sin alcanzar nunca "elementos", esto es, sin arribar a positividad alguna. Pero ese E, para hacer ese regressus , un proceso llevado al límite, asume las dimensiones y cualidades (que a su vez no son positivas, sino negativas) de una divinidad. La divinidad contraída a la ontología especial, es la divinidad propia de las legalidades geométricas, normativas y universales (M3), antes que la divinidad personal de la Religión cristiana.


¿A dónde nos lleva este trámite de las correspondencias? A fin de cuentas nos lleva a conceder el punto de partida del propio Bueno, de ahí el circularismo que detectábamos. Hay dos planos diferentes, plano ontológico-especial y plano ontológico-general, que no se deben mezclar. Volver a reconocer esto es como dar una vuelta alrededor de casa, pues el autor del materialismo filosófico deslinda desde el principio ambos planos, pero a su vez, nos parece, en esta obra de madurez vemos "la plantilla" con la cual cada Idea, de ambos planos, ha sido "tallada". M, además de venir marcada de forma insistente como "materia", eso sí, no como "corporeidad", no deja de arrastrar la sombra de una suerte de divinidad. Pues ¿cómo podría un E, un Ego institucional en funciones trascendentales, llevar a cabo tal clase de regressus? E tendría que ser la "conciencia filosófica", pero una conciencia que se arroga el papel de la divinidad. ¿Por qué decimos esto?
Pues debido a que el materialismo filosófico, al no estar ligado a la corporeidad, sin embargo conserva rígidamente la corporeidad de su sujeto operatorio, y en esto parece inconsecuente. El primer género de materialidad incluye energías y procesos físicos, y no solamente corpúsculos. El segundo género incluye operaciones y sistemas de operaciones, y no simplemente cuerpos en movimiento. El tercer género incluye legalidades matemáticas, cierres categoriales físico-químicos y normatividades ético-culturales, y no solamente "objetos". Sin embargo, el Sujeto operatorio que vincula todos estos géneros, que establece las condiciones de posibilidad de su engarce (pues sin engarce o superposición serían "esferas" cerradas unas a otras), es a su vez un corpúsculo cerrado al entorno, corpúsculo no analizado, a no ser que el materialismo filosófico especifique algún día (el propio Bueno, fallecido, no podrá ya hacerlo) cómo reobran los géneros para la constitución del "mediador", esto es, el Ego categorial. En este punto nos parece pertinente la contribución de Manuel Fernández Lorenzo y su propuesta operatiológica. No es tanto en el sujeto corpóreo, sino en los sistemas de acciones y operaciones de los organismos donde se debe poner el foco de una Ontología constructiva. La Ontología no puede ser ya sino la reconstrucción operatiológica de los diversos tipos de realidad. La Ontología general en el sistema de Bueno no abarca únicamente las realidades allende el universo, sino también las realidades que, internamente a él, se muestran discontinuas, heterogéneas, inconmensurables unas con otras. Un universo antrópico quedará reducido al universo filtrado o laminado en aspectos a la escala del hombre, y dentro del mismo universo Msiempre se abrirán las discontinuidades, las fracturas, etc. Lo "real", al margen de toda la operatiología de un Ego categorial, queda por completo al margen de la consideración de una filosofía positiva. Para la operatiología, el universo operado por el Ego es ya un tránsito del Ego categorial al Ego trascendental, es una positivización. En cambio para el materialismo filosófico de Gustavo Bueno este saber positivo parece solamente un punto de partida: "El punto de partida del materialismo es el Universo fenomenológico, como mundus adspectabilis analizado por las ciencias positivas. Es decir, un campo común a todos los sistemas filosóficos (…)" [p. 46]. Punto de partida, pero el materialismo filosófico también se extiende a un punto de llegada, éste ya no positivo, sino pura negatividad. Bueno nos dice que ``el "campo" del materialismo filosófico" no es propiamente la materia ontológico general, sino el Universo, a la manera como el campo de la Teología dogmática no es propiamente Dios, sino la Revelación ofrecida por Dios a los hombres" [p. 52]. La misma analogía ofrecida en la cita ya nos indica que, de una manera u otra, una negatividad es una negatividad, esto es, la versión –en pleno siglo XXI- de lo Incognoscible, del Noúmeno, de un Más Allá inescrutable e imposible de positivizar. Bueno está lejos de admitir "el tabú del Ego", pero sin embargo su tratamiento "en clave" materialista está lejos de ser claro. Se tematiza en este libro de forma abundante, como el título mismo ya anuncia, pero los tránsitos del Ego categorial (incluso de los "egos diminutos") al Ego trascendental son muy insatisfactorios. Pues concedemos del todo que "hay que rescatar" las ideas de los metafísicos clásicos y aun de los teólogos, pero Bueno sólo ofrece narraciones históricas de los intentos anteriores por "elevar" un Ego categorial o institucional a un Ego trascendental (muy interesantes, por otra parte, como los referidos a Descartes o a psicólogos como Wundt, James o Freud). Narraciones, no reconstrucciones.


M, la materia ontológico general, se corresponde con la divinidad tratada por la larga tradición de la metafísica cristiana [p. 54], pero en la medida en que M es entendida como multiplicidad (discontinua) la divinidad queda excluida y, con ella, la idea de un Ser que abarque una aparente multiplicidad. M, desde ese ateísmo, no es, pues, el Ser común. El Ser común, envolvente de todos los seres, es el paso necesario para traernos a un Ser por esencia. La comunalidad del ser, como todo monismo, en realidad, encubriría la preparación de un teologismo. Para construir el sistema ontológico, pues, a) ¿se parte del mundo para llegar a Dios –o M? (vía teológica) o b) ¿se parte de Dios –de M- para llegar al mundo? (inversión teológica de la modernidad?



Gustavo Bueno, como "ateo católico", parece haber seguido un doble juego. Por un lado, rompe con el monismo y cifra en todo monismo su componente "metafísico", esto es, insuficientemente racional y contradictorio con los avances gnoseológicos positivos. La metafísica griega en general (y no sólo la metafísica presocrática) no cumple las condiciones necesarias para organizar un sistema ontológico completo el cual debe incorporar la idea de E, el Ego trascendental que es el enlazador y totalizador de las demás ideas. La filosofía cristiana nacida a lo largo de la Edad Media, especialmente a partir de San Agustín, sí creará las condiciones necesarias para alzar un Ego trascendental con las funciones que Bueno le atribuye y exige: enlazador y totalizador de las demás ideas cardinales. La propia "atmósfera" teocéntrica y teologista de la Edad Media romperá el monismo, o la homogeneidad ontológica: Dios y el Alma ya no son parte de la physis. El plano sobrenatural no es, como dicen tantos ateos, una "copia" o duplicación del mundo natural creado, antes bien, el Cristianismo introduce en la tradición griega una suerte de cuña que fragmenta la homogeneidad del mundo. Los fragmentos nuevos desprendidos son, el Ego (diminuto y categorial, desde las Confesiones de Agustín hasta Descartes o Fichte) y el Dios (Ego trascendental, distinto, anterior y separado del Mundo). Si Bueno es materialista se debe a que es pluralista, esto es, contrario al monismo helénico y a todos sus derivados modernos. Si Bueno es ateo se debe a que el Ego trascendental no es externo, anterior y separado del mundo creado, sino que parece más bien un Ego categorial que ha transitado hacia un plano superior o límite, llevando consigo, no obstante, las condiciones propias de un sujeto corpóreo, un centro "diminuto" de operaciones, análogo a todo otro sujeto egoiforme (una rata, un chimpancé, un niño, un indígena…) pero "exaltado" con todas las posibilidades gnoseológicas de la Humanidad. Finalmente, si Bueno es "católico", ello es debido a que reconoce la fragmentación causada por la Teología dogmática cristiana, pero especialmente la católico-romana, en la physis griega, liberando el pluralismo ontológico (el Ser contiene discontinuidades e inconmensurabilidades), liberación o desprendimiento de fragmentos en principio ajena a las tesis buenistas sobre el papel de la ciencia. Y es que el materialismo filosófico, desde sus inicios contenía la tesis sobre el origen tecnológico de las ciencias y, sin caer en un reduccionismo socioeconómico y tecnológico – a la manera de tantos marxistas- el propio progreso material de las ciencias era el responsable o el motor de los cambios ontológicos. Pero en el libro que aquí reseñamos, es la Teología la que provoca tal fractura y en esto vemos mucha discrepancia con respecto a todo lo que habíamos estudiado sobre el materialismo filosófico, especialmente en esa parte esencial suya que es el materialismo gnoseológico.

Leer en línea la parte I. de esta reseña.

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