domingo, 12 de noviembre de 2017

Educación: Manifiesto a favor de la mano dura

Les importa todo un bledo, porque saben que ahorran servicios a la policía y a la judicatura Nota: Este texto se escribió cuando estaba en vigor la LOGSE. Ahora, con las abstrusas y tontas nociones de la LOMCE (“estándares”, “rúbricas”, “indicadores”...) las cosas se han puesto mucho peor. La LOMCE es la LOGSE de los peperos, pero mucho más ridícula y desastrosa. 


MANIFIESTO A FAVOR DE LA MANO DURA: 

Ya sé que estas palabras parecen provocadoras. Se nota demasiado. Pero hace falta hoy, más que nunca, despertar conciencias, asociarse para devolver a la sociedad unas herramientas fundamentales sin las cuales el mundo civilizado se viene abajo. Estas herramientas son: respeto, jerarquía, proporcionalidad en los castigos, seriedad, esfuerzo, amor al trabajo. Ya estoy oyendo los anatemas. “Esto suena a fascismo, a reacción, es la vuelta al autoritarismo”. Como profesor, defiendo radicalmente que estos valores perdidos en la Educación (los repito: respeto, jerarquía, proporcionalidad en los castigos, seriedad, esfuerzo, amor al trabajo) son los pilares para una sociedad de personas libres y sabias. Pero los lectores de otras tendencias políticas también podrían compartir estos mismos valores: son la esencia de la civilización. Pero he aquí que al mentarlos enseguida comienzan a vociferar los “progres”. Te demonizan en cuanto pronuncias tales ideas-fuezas. Son como el demonio para esa nueva clerigalla progresista. Ponen el grito en el cielo en cuanto atentas contra sus bodrios pedagógicos y sus paternalismos desquiciados. Vamos a explicar los demonios. Para que se empapen de satanismo, es decir, de diatribas contra la LOGSE, contra el desastroso modelo educativo vigente, contra las tutorías, contra la Educación para la Ciudadanía, contra la “atención educativa alternativa a la religión”, contra el pintar y colorear y hacer plastilina hasta los 18 años, contra las agresiones y acosos a profesores y directores, contra tantas y tantas tonterías y estropicios que nos han traído los pedagogos, los progresistas, los “liberados” y los chupatintas. 

No siga leyendo si Vd. va de paternalista por la vida, de redentor, de progresista. No siga, porque estas líneas van contra su modo de pensar, le van a sentar mal.


 El Respeto. En la comunidad educativa se ha perdido el respeto. Se profieren insultos, se cometen agresiones, se machaca a diario la dignidad del docente y del personal auxiliar de educación. Es grave no saber respetar al otro en general. Es gravísimo, letal en términos de existencia civilizada, no respetar a quien enseña. Es el comienzo del fin de la cultura. Otras civilizaciones tomarán el relevo. La occidental se va al garete. La Jerarquía. Donde manda capitán no manda marinero. En un barco, en un estado, en un club, tiene que haber alguien al frente. Con más o menos apoyo en la base, según las formas, según los fines. En Educación no puede haber “igualdad” entre docentes y discentes. No puedes enseñar que dos y dos son cuatro y después preguntar estúpidamente “¿Qué os parece?” Este modelo LOGSE, pseudolibertario, post-mayo de 1968, es la fuente mayor de necedades que estamos pagando hoy en nuestro sistema educativo. Jerarquía hubo en la Prusia del fin del siglo XIX, con sus “gimnasios” y universidades, modélicas. Jerarquía hubo en la vida académica de la URSS en sus mejores tiempos, como jerarquía hay en los selectos centros de enseñanza chinos , de un nivel tal que están ya a punto de condenarnos a todos los europeos a quedarnos en el tercer mundo de cabeza. Jerarquía basada en el mérito y en la capacidad. Basada en saber escuchar al que sabe, al que sabe más que tú, al que tiene cosas importantes que decir. En las aulas hay que tapar la boca a los bocazas, a los gamberros y a todos los disruptores. O si no, a casa, o a trabajar en el tajo, que es lo que debe hacer todo joven decente, con un mínimo de autoestima, la obligación de todo el que no quiera seguir estudiando: trabajar en el tajo. 

¿Tan difícil es entenderlo? 

El Castigo. El Castigo no debe ser venganza. El Castigo en Educación es corrección de la conducta molesta, irrespetuosa, gamberra, delictiva. El Castigo es también protección del derecho sagrado de los demás chicos a poder aprovechar sus clases, a poder aprender sin que les distraigan ni les perjudiquen en cualquiera de los otros sentidos. Castigo proporcional, evidentemente, sin las blandurronerías ni paternalismos que los progres han impuesto a día de hoy en nuestros centros. Una agresión grave a un maestro es pagada con un día de expulsión, “castigo” irrisorio con el que el delincuente escolar ha obtenido de paso un día festivo para quedarse en casa o deambular por ahí haciendo cuanto le venga en gana. Un día en casa, quince días… ¿por agredir a un educador? Expulsión inmediata y colocarlo en el tajo, trabajando por la sociedad hasta que salde su ofensa para con ella. Multa (económicamente) dolorosa a los padres por su incapacidad de control sobre los vástagos paridos y criados. Retirada inmediata del derecho a la Educación. Eso es lo que había que hacer con un mínimo de sentido común y de sentido por la Sociedad. Porque, me parece evidente: los derechos se corresponden con deberes, y aquellos pueden ser retirados provisoriamente a falta de cumplimiento de los deberes. Lo demás son boberías de la LOGSE y demás engendros legislativos. 

Proporcionalidad. Por supuesto, en los centros escolares hay niños revoltosos, hay gamberros, hay delincuentes y hay chusma… además de una inmensa mayoría de muchachos normales y sanos, con ganas de estudiar o, al menos, con ganas de no molestar al prójimo. Por ellos hay que luchar y esforzarse La proporcionalidad severa, el regreso a la severidad punitiva es la única garantía de regeneración de nuestro sistema educativo. Un gamberro no es un delincuente, ya lo sé, hay muchos grados y casuística, pero el educador (especialmente actuando de forma colegiada) debe tener un micro-poder ejecutivo y judicial para actuar dentro de su esfera, como lo tuvo en otros tiempos, un poder para defender a sus alumnos, para defenderse él mismo. Todo lo que tenemos ahora, especialmente en los institutos de secundaria, no es más que la ley de la selva. La ausencia de ley y la más absoluta impunidad. 

Seriedad, esfuerzo, amor al trabajo. Se han acabado los tiempos de “aprenda sin esfuerzo”. La pseudociencia de la pedagogía y del “constructivismo” sólo nos han deparado la plastilina, el recortar y colorear, la obligatoriedad de enseñanza hasta los 16 (hasta los 18 según algunos necios la vaticinan ya para mañana), el calentamiento acéfalo de asientos. Los inspectores y prebostes de la administración se quedan contentos y tranquilos con tal de que el parásito y el objetor adolescentes se queden dormidos en el aula, o “desconecten” con los cascos del mp3 mientras el maestro explica. Se quedan contentos mientras esté ese cuerpo acéfalo juvenil encerrado tras las vallas del centro (convertido hoy en campo de internamiento) haga lo que haga, aunque se dedique a pegar y escupir a sus superiores naturales, los maestros, a violar compañeras en los pasillos y servicios, a drogarse por los rincones. 

Todo esto está pasando y a los prebostes y mandarines pedagógicos les da igual. Hay que decirlo muy alto: LES DA IGUAL. Les importa todo eso un bledo, porque saben que ahorran servicios a la policía y a la judicatura. Los educadores debemos negarnos a esto. Debemos restaurar unas ideas-fuerza que son vitales para la existencia civilizada, en paz y en libertad: la Educación es aprender con seriedad, con esfuerzo, con amor al trabajo bien hecho. Saber superarse, elevarse sobre la molicie. Molicie es lo que tenemos hoy con la invasión de la chusma (pseudoalumnos calentadores de asientos y reventadores de la enseñanza) y la instauración del caos en nuestros centros. Para terminar, digo que es preciso asociarse, padres y profesores, si compartimos parecidos enfoques a los que aquí he expuesto, sea cual sea nuestra orientación ideológica en otros terrenos.

sábado, 28 de octubre de 2017

Reseña de "El Ego Trascendental" de Gustavo Bueno (parte II)


A nadie le pude resultar indiferente el fuerte aroma hegeliano que despide el materialismo filosófico de Gustavo Bueno. En este sistema se "reescribe" la aventura del Yo, "tomando conciencia de sí mismo" y "superando" etapas previas, necesarias pero insuficientes. Claro es que Bueno suple la terminología idealista y teísta de Hegel por otra de envoltura materialista, pero sin embargo la exposición del sistema es muy similar a la dialéctica hegeliana. El lector debe centrar mucho el foco de su atención en el concepto buenista de "Ego institucional".


El Ego trascendental, antes de ejercer sus funciones lógico-materiales de enlace y totalización, es un Ego histórico e institucional. Es a través del Ego histórico e institucional como la Ontología deviene una construcción histórico-social y productiva. El Ego trascendental, aunque de forma elíptica y un tanto tortuosa, siempre es explicado por Bueno en los mismos términos cercanos al marxismo. La conciencia filosófica es resultado, según Bueno, de unas relaciones sociales y de producción, y es una forma de conciencia enfrentada a otras formas de conciencia [p. 29]. El universo, como tal, a modo de secreción natural o epifenómeno suyo no tiene por qué producir un Ego trascendental, y este mismo mundo ignora la existencia de ese Ego trascendental. En efecto, el propio materialismo filosófico adviene al mundo una vez que un Ego institucionalizado ha podido erigirse como conciencia del mundo –Mi- y no meramente como "parte" del mundo. Si el Ego institucionalizado, en un determinado estadio de desarrollo histórico-social, no pasa de ser una conciencia al lado o en frente de otras conciencias (conciencia de clase, conciencia étnica, conciencia nacional…), la propia Ontología a que ha de aspirar debería quedar circunscrita a ese mundo esférico y autocontenido. Esa es la conciencia "plana" de los sistemas ontológicos monistas e inmanentistas, una conciencia que puede admitir la fragmentación de su unidad previa, pero que no es la conciencia "volumétrica" del materialismo filosófico, para la cual los géneros especiales de materialidad se "desplazan" en sus equivalentes sitos en el ámbito de la Ontología general. Como escribe Bueno:


"…las correspondencias no son nunca puntuales, sino que simplifican importantes `desplazamientos' de las Ideas, por ejemplo, el `desplazamiento de Dios, como objeto de la Teología natural, trascendente respecto del Universo, al ámbito de la ontología especial del materialismo, que lo pone en correspondencia con M3, que se supone integrado en la inmanencia del Universo" [p.40].


A la manera típicamente hegeliana, este sistema ontológico debe ser capaz de "re-exponer" (criticándolos, pero superándolos) todos los sistemas metafísicos previos, para que sea éste, el buenista, el único que quede libre de carga, y no ser tildado, él también, de ser otro sistema metafísico más. De ahí que Bueno rechace toda acusación de "metafísico" cuando se le hace ver que su M, materia ontológico general, pueda parecer una recaída en el realismo más escolástico (crítica, ésta, vertida por Fernández Lorenzo en numerosas obras, pero a quien Bueno no cita, y también crítica de Quintín Racionero, a quien sí cita, p. 40). La conservación de M, de la Materia ontológico-general, con toda la negatividad o pre-kantismo que conlleva, es el caballo de batalla de esas críticas, pero hay todavía un problema mayor en el sistema de Bueno a propósito de su famosa M, y es el de su "correspondencia" con un Ego trascendental que, en la metafísica cristiana venía representado por Dios. La necesidad de esa E dentro de un sistema en que se ve acompañado de las otras dos ideas cardinales, Mi  y M, nos conduce precisamente a un "teologismo" en la Ontología de Bueno. "Teologismo" a la manera hegeliana, y no a la manera dogmático-cristiana: un Ego enlazador y totalizador de una pluralidad inmanente, cuya unidad "lograda" es precisamente fruto de ese Ego trascendental, quien, humildemente, para llevar a cabo su plan hubo de encarnarse en un Ego institucional, humano y demasiado humano, adquiriendo mayor conciencia (o "potencia gnoseológica" que a su vez será potencia tecnológica, histórico-productiva) hasta transitar al plano ontológico-general. Pero el "tránsito", parece mágico a excepción de unas pocas referencias en la obra buenista a la historia gnoseológico-productiva de la Humanidad que, partiendo de las ciencias griegas se llega al nivel "positivo" de ciencia universal-planetaria con el acceso del modo capitalista de producción. Usamos el término "tránsito" a falta de una reconstrucción verdaderamente genética en esta y en otras obras de Gustavo Bueno. Una reconstrucción como la que propone el profesor Manuel Fernández Lorenzo en su Operatiología: partiendo de las propias operaciones, y no ya de un Sujeto (mente o conciencia) o de un Objeto (cosa, materia o realidad), se van produciendo estructuras de orden superior que envuelven, superan y reobran sobre las estructuras subyacentes y precedentes, a la manera de lo que nosotros, años ha, hemos denominado "constructivismo por capas". Una Operatiología, esto es, una teoría de las Operaciones, es la única posibilidad que al materialismo filosófico de Bueno le cabe para no recaer en un circularismo autodisolvente, en el cual el Ego institucional, capaz de labrar campos cada vez más extensos, incluyendo los campos gnoseológicos, deviene –en un límite o regressus- un Ego trascendental, capaz al menos de sostener que el complemento lógico del universo físico-fenomenológico, el complemento lógico de Mi  no es la "nada" sino que es un "algo".


De la misma manera que un cubo visto frontalmente o desde el aire de una manera tal que queden ocultas las otras caras, parece simplemente un cuadrado, las Ideas ontológico-especiales pueden semejarse a contracciones de Ideas cardinales, ontológico-generales. Así pues, el Ego trascendental E "se corresponde", de forma contraída, con un Ego categorial, institucionalizado, y, a su vez, se corresponde éste Ego categorial con un sujeto corpóreo que ejerce sus operaciones sobre el medio y sobre sí mismo. Los otros géneros especiales de materialidad también pueden ser "expandidos" y así el mundus adspectabilis (Universo fenomenológico) si se entiende como "la totalidad de cuanto existe" haciendo completa abstracción de quién hace tal totalización, pasará a ser M, el equivalente de esa totalización sin totalizador.


No obstante, en este trámite consistente en buscar correspondencias (y por ende, desplazamientos) entre el plano ontológico-especial y el plano ontológico-general surge una ambigüedad o, si se quiere, una especie de "sobre-equivalencia". Nos referimos concretamente a la facilidad con que se pueden superponer M y E en el sistema del materialismo filosófico. Y quizá tenga mucho que ver en ello la insistencia que Bueno hace en las controversias de la Teología (teología católica, principalmente). Pues M es un resultado-límite regresivo, un non plus ultra que exige un E que emprende ese regressus, sin alcanzar nunca "elementos", esto es, sin arribar a positividad alguna. Pero ese E, para hacer ese regressus , un proceso llevado al límite, asume las dimensiones y cualidades (que a su vez no son positivas, sino negativas) de una divinidad. La divinidad contraída a la ontología especial, es la divinidad propia de las legalidades geométricas, normativas y universales (M3), antes que la divinidad personal de la Religión cristiana.


¿A dónde nos lleva este trámite de las correspondencias? A fin de cuentas nos lleva a conceder el punto de partida del propio Bueno, de ahí el circularismo que detectábamos. Hay dos planos diferentes, plano ontológico-especial y plano ontológico-general, que no se deben mezclar. Volver a reconocer esto es como dar una vuelta alrededor de casa, pues el autor del materialismo filosófico deslinda desde el principio ambos planos, pero a su vez, nos parece, en esta obra de madurez vemos "la plantilla" con la cual cada Idea, de ambos planos, ha sido "tallada". M, además de venir marcada de forma insistente como "materia", eso sí, no como "corporeidad", no deja de arrastrar la sombra de una suerte de divinidad. Pues ¿cómo podría un E, un Ego institucional en funciones trascendentales, llevar a cabo tal clase de regressus? E tendría que ser la "conciencia filosófica", pero una conciencia que se arroga el papel de la divinidad. ¿Por qué decimos esto?
Pues debido a que el materialismo filosófico, al no estar ligado a la corporeidad, sin embargo conserva rígidamente la corporeidad de su sujeto operatorio, y en esto parece inconsecuente. El primer género de materialidad incluye energías y procesos físicos, y no solamente corpúsculos. El segundo género incluye operaciones y sistemas de operaciones, y no simplemente cuerpos en movimiento. El tercer género incluye legalidades matemáticas, cierres categoriales físico-químicos y normatividades ético-culturales, y no solamente "objetos". Sin embargo, el Sujeto operatorio que vincula todos estos géneros, que establece las condiciones de posibilidad de su engarce (pues sin engarce o superposición serían "esferas" cerradas unas a otras), es a su vez un corpúsculo cerrado al entorno, corpúsculo no analizado, a no ser que el materialismo filosófico especifique algún día (el propio Bueno, fallecido, no podrá ya hacerlo) cómo reobran los géneros para la constitución del "mediador", esto es, el Ego categorial. En este punto nos parece pertinente la contribución de Manuel Fernández Lorenzo y su propuesta operatiológica. No es tanto en el sujeto corpóreo, sino en los sistemas de acciones y operaciones de los organismos donde se debe poner el foco de una Ontología constructiva. La Ontología no puede ser ya sino la reconstrucción operatiológica de los diversos tipos de realidad. La Ontología general en el sistema de Bueno no abarca únicamente las realidades allende el universo, sino también las realidades que, internamente a él, se muestran discontinuas, heterogéneas, inconmensurables unas con otras. Un universo antrópico quedará reducido al universo filtrado o laminado en aspectos a la escala del hombre, y dentro del mismo universo Msiempre se abrirán las discontinuidades, las fracturas, etc. Lo "real", al margen de toda la operatiología de un Ego categorial, queda por completo al margen de la consideración de una filosofía positiva. Para la operatiología, el universo operado por el Ego es ya un tránsito del Ego categorial al Ego trascendental, es una positivización. En cambio para el materialismo filosófico de Gustavo Bueno este saber positivo parece solamente un punto de partida: "El punto de partida del materialismo es el Universo fenomenológico, como mundus adspectabilis analizado por las ciencias positivas. Es decir, un campo común a todos los sistemas filosóficos (…)" [p. 46]. Punto de partida, pero el materialismo filosófico también se extiende a un punto de llegada, éste ya no positivo, sino pura negatividad. Bueno nos dice que ``el "campo" del materialismo filosófico" no es propiamente la materia ontológico general, sino el Universo, a la manera como el campo de la Teología dogmática no es propiamente Dios, sino la Revelación ofrecida por Dios a los hombres" [p. 52]. La misma analogía ofrecida en la cita ya nos indica que, de una manera u otra, una negatividad es una negatividad, esto es, la versión –en pleno siglo XXI- de lo Incognoscible, del Noúmeno, de un Más Allá inescrutable e imposible de positivizar. Bueno está lejos de admitir "el tabú del Ego", pero sin embargo su tratamiento "en clave" materialista está lejos de ser claro. Se tematiza en este libro de forma abundante, como el título mismo ya anuncia, pero los tránsitos del Ego categorial (incluso de los "egos diminutos") al Ego trascendental son muy insatisfactorios. Pues concedemos del todo que "hay que rescatar" las ideas de los metafísicos clásicos y aun de los teólogos, pero Bueno sólo ofrece narraciones históricas de los intentos anteriores por "elevar" un Ego categorial o institucional a un Ego trascendental (muy interesantes, por otra parte, como los referidos a Descartes o a psicólogos como Wundt, James o Freud). Narraciones, no reconstrucciones.


M, la materia ontológico general, se corresponde con la divinidad tratada por la larga tradición de la metafísica cristiana [p. 54], pero en la medida en que M es entendida como multiplicidad (discontinua) la divinidad queda excluida y, con ella, la idea de un Ser que abarque una aparente multiplicidad. M, desde ese ateísmo, no es, pues, el Ser común. El Ser común, envolvente de todos los seres, es el paso necesario para traernos a un Ser por esencia. La comunalidad del ser, como todo monismo, en realidad, encubriría la preparación de un teologismo. Para construir el sistema ontológico, pues, a) ¿se parte del mundo para llegar a Dios –o M? (vía teológica) o b) ¿se parte de Dios –de M- para llegar al mundo? (inversión teológica de la modernidad?



Gustavo Bueno, como "ateo católico", parece haber seguido un doble juego. Por un lado, rompe con el monismo y cifra en todo monismo su componente "metafísico", esto es, insuficientemente racional y contradictorio con los avances gnoseológicos positivos. La metafísica griega en general (y no sólo la metafísica presocrática) no cumple las condiciones necesarias para organizar un sistema ontológico completo el cual debe incorporar la idea de E, el Ego trascendental que es el enlazador y totalizador de las demás ideas. La filosofía cristiana nacida a lo largo de la Edad Media, especialmente a partir de San Agustín, sí creará las condiciones necesarias para alzar un Ego trascendental con las funciones que Bueno le atribuye y exige: enlazador y totalizador de las demás ideas cardinales. La propia "atmósfera" teocéntrica y teologista de la Edad Media romperá el monismo, o la homogeneidad ontológica: Dios y el Alma ya no son parte de la physis. El plano sobrenatural no es, como dicen tantos ateos, una "copia" o duplicación del mundo natural creado, antes bien, el Cristianismo introduce en la tradición griega una suerte de cuña que fragmenta la homogeneidad del mundo. Los fragmentos nuevos desprendidos son, el Ego (diminuto y categorial, desde las Confesiones de Agustín hasta Descartes o Fichte) y el Dios (Ego trascendental, distinto, anterior y separado del Mundo). Si Bueno es materialista se debe a que es pluralista, esto es, contrario al monismo helénico y a todos sus derivados modernos. Si Bueno es ateo se debe a que el Ego trascendental no es externo, anterior y separado del mundo creado, sino que parece más bien un Ego categorial que ha transitado hacia un plano superior o límite, llevando consigo, no obstante, las condiciones propias de un sujeto corpóreo, un centro "diminuto" de operaciones, análogo a todo otro sujeto egoiforme (una rata, un chimpancé, un niño, un indígena…) pero "exaltado" con todas las posibilidades gnoseológicas de la Humanidad. Finalmente, si Bueno es "católico", ello es debido a que reconoce la fragmentación causada por la Teología dogmática cristiana, pero especialmente la católico-romana, en la physis griega, liberando el pluralismo ontológico (el Ser contiene discontinuidades e inconmensurabilidades), liberación o desprendimiento de fragmentos en principio ajena a las tesis buenistas sobre el papel de la ciencia. Y es que el materialismo filosófico, desde sus inicios contenía la tesis sobre el origen tecnológico de las ciencias y, sin caer en un reduccionismo socioeconómico y tecnológico – a la manera de tantos marxistas- el propio progreso material de las ciencias era el responsable o el motor de los cambios ontológicos. Pero en el libro que aquí reseñamos, es la Teología la que provoca tal fractura y en esto vemos mucha discrepancia con respecto a todo lo que habíamos estudiado sobre el materialismo filosófico, especialmente en esa parte esencial suya que es el materialismo gnoseológico.

Leer en línea la parte I. de esta reseña.

sábado, 21 de octubre de 2017

Reseña de "El Ego Trascendental" de Gustavo Bueno (Parte I)

Reseña de El Ego Trascendental
Gustavo Bueno
Pentalfa Ediciones, Oviedo, 2016.
Por : Carlos Javier Blanco Martín.


Comentar un libro de don Gustavo Bueno, publicado en 2016, justo el año de su fallecimiento no es cosa fácil. No lo es porque ya sólo con este dato, hay que presuponer toda la obra anterior del filósofo astur-riojano. Una obra de muchos años, que se extiende desde mediados del siglo XX hasta hoy. Tal ingente cantidad de trabajo habría de ser leída y estudiada a fondo y en toda su extensión para poder arrojar alguna luz diacrónica sobre este trabajo concreto aparecido al final de su camino. No está capacitado este comentarista para tal hercúlea tarea. Ni es tan elevada la cumbre que pretende ahora escalar. Tan sólo se ofrecerán algunos comentarios, críticos unos, didácticos otros, sobre tan difícil tema abordado por un autor capital de la Filosofía en español cuando se hallaba en plena madurez intelectual. El tema: El Ego Trascendental.


Es difícil el asunto. Difícil por cuanto el materialismo clásico -el griego, atomista, corporeísta, o el moderno, el ilustrado y mecanicista- orillaron siempre el Ego. Tendieron a ver esta entidad como una suerte de epifenómeno, residual, eliminable, reducible. Gustavo Bueno, materialista confeso, no lo orilla. Antes bien, hace referencia crítica al "tabú del Ego", a la tendencia –especialmente acusada a partir del positivismo del XIX- a borrarlo del mapa, eliminarlo o re-transcribirlo en términos de entidades no egoiformes. Como se advierte en las líneas introductorias y en la contraportada del libro de Bueno, un libro así titulado podría parecer "otra cosa". Esto es, un libro no escrito en la clave del materialismo filosófico sino, por el contrario, un libro teológico, psicológico, espiritualista, kantiano, fenomenológico, cualquier clase de libro salvo un libro materialista. Y sin embargo, el prospecto de Bueno no es otro que ubicar el Ego en su sistema, un sistema materialista en el cual por materia no habremos de entender corpúsculos, cuerpos, leyes mecánicas, o energéticas, sino pluralidad y discontinuidad. Este sistema materialista, en 1972, fue ampliamente desarrollado en su obra Ensayos Materialistas. Allí Bueno abordaba su perspectiva ontológica haciendo uso amplio de la lógica formal y de combinaciones algebraicas con las cuales podía reinterpretar la Historia de la Filosofía. En este sistema materialista se exponía la distinción entre una Materia Ontológico General (M) y una Materia entendida como universo observable (mundus adspectabilis) (Mi). Entre ambas ideas existe un enlace, E (Ego trascendental), el cual a su vez cumple la función totalizadora de Mi.


De esta manera, contamos con tres ideas cardinales, esto es, tres puntos o bases a partir de los cuales se construye el sistema ontológico de Gustavo Bueno {E, Mi, M}. Las correspondencias, que no identidades, con las tres ideas clásicas de la Metafísica son claras. Ego (E) podría recordarnos al Espíritu, al Yo, a la Conciencia. Mi podría referirse al Mundo, al universo material, physis o naturaleza. Finalmente, M, la materia ontológico-general recordaría ese "más allá" no susceptible de ser categorizado, noúmeno, cosa en sí, divinidad. Pero el sistema de Bueno no es tan simple en su estructura lógica. Se trata de un sistema que quiere ser reinterpretación (dialéctica) de los sistemas ontológicos anteriores, muy especialmente aquellos que con el advenimiento del Cristianismo "fracturaron" la ontología griega fisicista (Mi) liberando con ello al Ego trascendental, con sus funciones enlazadoras y totalizadoras, de una parte, y a M, la materia ontológico general como campo inabarcable e inagotable, situado "más allá" de la Creación o mundus adspectabilis.


La complicación que necesariamente introduce Bueno con respecto a las metafísicas clásicas cristianas pasa también por el concepto de Mi. Este mundo visible, este universo material se organiza en campos diversos, no completamente cerrados (no son "cierres categoriales", dominios científicos) que denomina Géneros de Materialidad. Estos tres Géneros de Materialidad también recuerdan la estructura trimembre que arranca de San Agustín y llega hasta Wolff e incluso Kant: Mundo (M1), Alma (M2) y Dios (M3). Debe quedar completamente claro que esta tricotomía se da en un plano distinto del anterior, plano en el cual Bueno trazaba las tres ideas cardinales {E,Mi,M}, pues los tres géneros de materialidad son los contenidos que, entrecruzados inmanentemente, atraviesan exclusivamente la idea del universo o mundo sensible Mi. Por supuesto, hay proximidades entre las ideas aun hallándose éstas en planos distintos. Hay una proximidad evidente entre la idea clásica de Alma, Mente, Conciencia, esto es, la idea de M2, y el Ego (E). Pero proximidad no es identidad, y el Ego de Gustavo Bueno debería entenderse estrictamente como una idea lógica. Tal idea lógica realiza las funciones mencionadas antes de totalización y enlace entre órdenes de materialidad diversos. Formalmente, la totalización dice una relación entre las partes y los todos, llevada a cabo en ese sentido: se llega al todo arrancando de unas ciertas partes descomponibles, mas el todo no será el sumatorio de todas ellas. Antes bien, el todo, si lo entendemos como un todo dialéctico y no como un todo mecánico, "es más que la suma de las partes". Cada una de las partes totalizadas presenta varios aspectos, y la totalización ejercida por el Ego es, nos parece a nosotros, una totalización aspectual –y no sumatoria, que no recoge bloques, sino aspectos. El Ego que totaliza, a su vez, no puede ser entendido en el materialismo filosófico como una suerte de agencia espiritual. En este sentido, el materialismo filosófico exige una idea lógica del Ego no espiritualista, no ajena a cualquier género de materialidad. La propia idea del Ego debe ser nítidamente deslindada. Hay, de una parte, un Ego categorial (susceptible de ser estudiada por ciencias como la Psicología o la Antropología) y, de otra, un Ego trascendental. Éste último es el que Bueno moviliza en su sistema ontológico.


El Ego categorial, especialmente el Ego psicológico, se corresponde con el sujeto corpóreo que, en el sistema buenista lleva a cabo las operaciones de división y composición de los materiales. No se acaba de vislumbrar por qué el materialismo filosófico defendido por el fallecido profesor de Oviedo no es un corporeísmo, como advierte de manera insistente, y, sin embargo, el Ego trascendental parece tomar como base un Ego categorial decididamente corpóreo. Parece como si la idea lógico-material del Ego, base y fuente de toda operación posible, tuviera que poseer dogmáticamente ese referente corporeísta, para después desvanecerse en las autoconcepciones generales del materialismo filosófico. ¿Acaso esa base o referente corporeísta no arrastra a su vez a un cierto corporeísmo del Ego trascendental, contaminando con ello al sistema entero?


En extensas páginas del libro que comentamos hay referencias, incluso eruditos resúmenes, de las teorías de eminentes psicólogos que, partiendo de un Ego categorial, de forma legítima comenzaron a estudiar en el ámbito de su ciencia o profesión (hablamos de Wundt, James, Lipps, Freud…) pero arribaron a un Ego trascendental, a un Dios.  Desde cualquier otro punto de vista anti-teológico, positivista, marxista, materialista vulgar, esta "extrapolación" sería juzgada, como de hecho lo fue, en términos de abuso metafísico. Sin embargo Gustavo Bueno se interesa por la función que los procesos de "extrapolación" puedan desempeñar en la dialéctica entre categorías e ideas, e incluso introduce sin ambages determinadas ideas de Ego trascendental de la teología revelada (y no ya "extrapolaciones" de psicólogos y de otros científicos). Esto causa la impresión de que el materialismo filosófico se halla muy lejos de toda teoría basada en "cortes" o "estadios" (en el sentido comteano: estado teológico, metafísico y positivo). El Ego trascendental puede erigirse a partir de procesos psicológicos o histórico-religiosos de lo más diverso y, a partir de su culminación, puede ya, a su vez, funcionar como una idea lógico-material indispensable:


"La idea de Ego trascendental, en la ontología del materialismo, en tanto desempeña el papel de eslabón entre la Ontología especial (el universo finito) y la Ontología general (que engloba aquellas realidades que actúan más allá del universo, pero también las realidades que actúan desde el interior, rebasando el propio Universo, no agotado por la perspectiva antrópica), ofrece un horizonte mucho más amplio del que puede ofrecer un Ego trascendental circunscrito al eje circular del espacio antropológico, (…), [p. 45].


Siempre que se habla de un universo sensible, material, hay ya alguien, un Ego institucionalizado que habla sobre ello, lo comprende (en su intento de sinopsis, en su intento de operar sobre radios de acción técnica, categorial). El Ego del que habla el materialismo filosófico, como subraya de forma reiterada Bueno, es un Ego institucional, que posee los recursos intelectuales para emprender tales totalizaciones (comenzando por la gramática, la existencia de pronombres personales, los contrastes entre un "yo" y un "tú"). Sin embargo la totalización lograda por el Ego en un medio institucional –medio que es conditio sine qua non para la totalización- no puede quedar reducida a ese mismo medio institucional, a unas determinadas "relaciones sociales de producción", a un cierto "grado de desarrollo de la conciencia". El Ego institucional de que nos habla Bueno nos aleja del naturalismo, incluso del marxismo en tanto que naturalización sociológica. No es, pues, un "filtro" como los que ha venido estableciendo la Biología del Conocimiento (Wuketis, Vollmer) siguiendo la estela de K. Lorenz, o el programa de "naturalización de la epistemología", que en otros lugares hemos resumido y analizado. Tampoco parece próximo a la Epistemología genética de Piaget ni a la noción de Conciencia como resultado de las relaciones sociales en el sentido marxista. El Ego institucional de Bueno parece, en efecto, un puente entre el Ego categorial (por ejemplo, el de la psicología y demás "ciencias cognitivas") y el Ego trascendental, pero el tránsito entre las dos orillas que este puente libra no queda en modo alguno especificado. No hay un estudio detallado de los procesos genéticos, no se especifican las transformaciones y continuidades entre el Ego categorial y el trascendental. Incluso, cuando hay referencias a ese Ego categorial, labrado tradicionalmente por los psicólogos, Bueno introduce la extraña referencia a un "Ego diminuto", para contrastarlo con el Ego trascendental. Si un Ego, digamos humano, y para más señas, un sujeto corpóreo, es extremadamente "pequeño" en su radio de alcance cognoscitivo y de capacidad operatoria, ésta pequeñez o defectuosidad habrá de entenderse siempre en términos estrictamente relativos, en comparación con otros Egos y otras especies de Egos, y ello no impide su carácter categorial.


En las páginas iniciales del libro, don Gustavo Bueno se defiende de quienes le achacan que su M, materia ontológico-general, parezca un residuo de la metafísica clásica, un realismo inaceptable, un regreso del noúmeno kantiano; sin embargo, no se halla en este texto una defensa de la falta de continuidad o trasvase entre los Egos diminutos, categoriales, subjetivos, al Ego trascendental, como idea lógico-material que exige y hace posible esa misma M. En otras palabras, Bueno se exime de aportar un enfoque genético de su ontología. De la materia M dice: "…es pura negatividad desde la perspectiva del ordo cognoscendi (propia del Ego trascendental E que totalizó el universo en cuanto finito, y sólo en este orden admite la correspondencia con el Noúmeno o con el Incognoscible). Pero M no se reduce al horizonte del ordo cognoscendi, del Ego, implica dialécticamente ordo essendi una posibilidad plural infinita que prefiere antes la denominación de Materia ontológico general que la denominación de Ser (…)" [pps. 44-45]. De una tal negatividad no se puede partir. Los sistemas filosóficos exigen una plataforma para iniciar su curso dialéctico que es dúplice, regressus y progressus. M, o materia ontológico-general tan solo es un límite gnoseológico, resultado de las operaciones regresivas de E. El materialismo filosófico sólo parte del mundus adspectabilis, de un universo fenomenológico. El componente realista del materialismo filosófico se localiza exactamente en este tipo de universo Mi, desde el cual se inicia el dúplice recorrido analítico o regresivo, y sintético o progresivo. El universo fenomenológico, observable, ya contiene una suerte de principio antrópico: es un universo "operado", pues el hecho de que exista un primum cognitum, un punto de partida que incluye al sujeto operatorio, es, precisamente un hecho. Esto no quiere decir que M, esa pura negatividad, se sitúe en una especie de mundo inteligible, a modo de remanente, residuo de propiedades no-antrópicas de Mi. Si de eso se tratara, estaríamos considerando a M y Mi como dos clases lógicas cuya reunión M U Mi = 1. Según tal fórmula, cada una de las clases, entendida extensionalmente, sería la complementaria de la otra. La negación de Mi, esto es, aquello que desborda el universo fenomenológico o aquello "a donde no llega" el principio antrópico, al poseer, por definición, un radio de alcance limitado, sería justamente M; y la recíproca: M, la materia ontológico-general, a falta de una positivización u operación por parte del sujeto gnoseológico, sería necesariamente la negación de Mi, negación que en modo alguno implica un "no-ser". Habría que partir del supuesto gratuito de que Magota todo el "ser", habría que compartir el prejuicio monista –en el fondo idealista, pues absolutiza el principio antrópico, según el cual el universo fenomenológico, físico-observable, es como la esfera de Parménides, autocontenida, autosubsistente, "rodeada" del no-ser. Lejos de eso, el materialismo filosófico es anti-monista, es decir, pluralista, e intercala necesariamente a E, primero, como función enlazadora de los diversos géneros de materialidad {M1, M2, M3}.


En palabras de Bueno:

"(…) E es, en cuanto actúa a través de un sujeto operatorio, la "conciencia filosófica", que reúne en la unidad del mundo (Mi) a M1 U M2 U M3, a título de Géneros supremos de materialidad, de los que se compone el Universo. Esta totalización, es decir, Mi, es resultado de una "operación" (totatio) que no podría considerarse ultimada al margen del enfrentamiento del Universo Mi "finito e ilimitado", con lo que no es él, es decir, M, como idea negativa en el terreno gnoseológico. Pero no es negativa a título de No ser (ni siquiera de su versión como espacio vacío infinito), puesto que ella es "materialidad ontológica positiva" y no meramente abstracta (al modo como lo es materia prima, inmanente al universo, de Aristóteles), es decir, una materialidad trascendental, una materialidad ontológico general". [p. 302].


La tesis pluralista, consustancial al materialismo filosófico, impide la consideración enteriza de las tres ideas cardinales de su sistema {E, M, Mi}.  Dentro de la propia positividad, del Universo fenomenológico hay inconmensurabilidades o fracturas entre unos géneros y otros. El cierre relativo, que nunca absoluto, de unos Géneros frente a otros, exige ya la presencia de la función enlazadora de E, tanto como de la operación totalizadora. Así, por ejemplo, el impacto fotónico sobre una retina "cierra" relativamente un conjunto de procesos M1, que son la base y condición para que se den procesos perceptivos –apotéticos- en un Sujeto egoiforme (animal y hombre, M2). La continuidad –paratética- entre esas energías electromagnéticas, y la activación bioquímica de las células retinianas, así como su transmisión nerviosa a determinadas áreas cerebrales siempre "cierra" relativamente frente a los procesos perceptuales segundogenéricos, sin perjuicio de que éstos procesos impriman su influencia (downward causation, como dicen los anglosajones) en los primogenéricos. Ahora bien, la determinación de cuáles son las "influencias" ascendentes (upward causation) y las descendentes (downard causation) implica ya el establecimiento de regularidades, de estructuras, de leyes (M3). El Ego es la función que permite relacionar géneros de materialidad diferentes –reducidos a tres, en el materialismo filosófico- y también totalizarlos, esto es, acceder a una visión centrada en un punto desde el cual organizar la experiencia fenoménica. Un Ego "desparramado", disuelto en los distintos géneros de materialidad, no es un Ego. Y ese punto desde el cual operar y reintegrar la experiencia debe ser un Ego institucional.


El Ego institucional, a diferencia de los sujetos naturales egoiformes (animales), no es una "necesidad" ni una constante en el universo. No siempre ha existido, es contingente y requiere de unas "relaciones sociales de producción" muy precisas, que se corresponden con lo que viene llamándose Civilización. A lo largo del libro que comentamos se echa de ver que Bueno no reconoce propiamente un Ego a los llamados "pueblos primitivos" y, por analogía, nosotros difícilmente lo reconoceríamos en etapas prehistóricas. Había, como puede observarse también en etología, sujetos egoiformes que de manera parcial, incompleta, seguramente realizaban operaciones centradas en un punto origen, esto es, un sujeto corpóreo; operaciones análogas desde el punto de vista etic a las que realizaría un Ego civilizado (con consciencia de ser un yo y recíprocamente con consciencia de entrar en relación con un tú). Lo interesante de este libro es que Bueno no se deja seducir en ningún momento por el "naturalismo". No hay un impulso natural a que los microorganismos marinos de hace 3.500 años acabaran desarrollando un Ego, por más que reaccionar a los nutrientes, al calor o a la luz "desde un centro" de movimientos (todavía no operaciones) nos permita ver atisbos o semillas de futuros Egos. La clave de la aparición de un Ego (un espíritu, una conciencia, un Yo) que pudiera ser no simplemente un "chispazo" de conciencia, sino un Ego categorial susceptible de transformarse en Ego trascendental hay que encontrarla en la Teología.


Decimos Teología cristiana, y entendemos por tal el cuerpo de "conocimientos" que resultan de un encuentro y composición de las tradiciones grecocorromanas –muy especialmente la Filosofía griega- y las tradiciones judeocristianas –el dogma revelado que incluye un Dios "hecho hombre". Este acontecimiento único ("idiográfico") e irrepetible, que se dio en el mundo civilizado de la Antigüedad tardía (civilizado, esto es, plagado de ciudades, conocedor del Estado, la Escritura y muchas instituciones más de la Alta Cultura). Cuando se dice que la Filosofía moderna es "la Filosofía del Yo", la época de la subjetividad, el descubrimiento de la interioridad (M2), etc. y nos viene a las mientes la figura de Renato Descartes, y tras él los grandes idealistas (Kant, Fichte, Schelling, Hegel) se oscurece al mismo tiempo el gran cambio epocal que acontece con la figura de San Agustín, y de toda la Patrística y Escolástica. La filosofía griega no podía organizar un sistema "egocéntrico" no ya debido a que los Egos de las personas de aquel periodo y del área de influencia griega (extensible luego a los límites imperiales romanos) no carecieran de "interioridad", de "autoconciencia", de "subjetividad". La tenían, y en muchos aspectos, la poseían de forma más sutil y compleja que muchos hombres contemporáneos. Pero de lo que se trata aquí es de analizar si el sistema de pensamiento de aquella época, tan naturalista, con tal tendencia fuerte al monismo metafísico, era capaz de organizar una Ontología desde M2. La existencia de M2 en sujetos corpóreos (Egos categoriales) de distintas épocas (¿acaso ya en quienes pintaron la cuevas de Candamo o Altamira?) y la existencia de un E con funciones enlazadoras y totalizadoras de los diversos géneros de materialidad son cosas muy distintas. E, un Ego trascendental, dice Bueno, surge a través de la Idea de Dios (M3). Este es el punto en el cual el libro de Gustavo Bueno pasa de ser una ordenación lógica (su famoso "taller" y su "geometría de las ideas") y ofrece una narración, un relato historiográfico.

Relato que dice así, San Agustín, mucho antes que Descartes, emprende "la vía de la interioridad" por la mediación de Dios, o, en otros términos, M2 ya no puede ser una mera región incluida en M1, ni un epifenómeno o secreción de ese mundo físico-observable, sino que M2 exhibe títulos propios de Género de materialidad desde el cual se erigen Egos, por la mediación de M3, entendido ahora como la Divinidad. Este Ego, el Dios judeocristiano, ya no es el Acto Puro aristotélico (impersonal, ciego, no conocedor del universo), ya no es un trámite final de un proceso de despersonalización de los poderes del universo. El Acto Puro aristotélico, al igual que otros Egos trascendentales "incompletos" de la filosofía griega (el Nous de Anaxágoras, el Demiurgo de Platón) son analizados por Bueno con el ánimo de mostrar que, muy lejanos al Dios personal cristiano (y personalísimo, haciendo mención de su Segunda Persona, el Hijo), se han quedado a mitad de camino entre el proceso de iconoclastia o destrucción de los personajes mitológicos, y la erección de un E trascendental que pueda mediar dialécticamente entre M y M1, en un plano general, y entre los distintos géneros de materialidad, en un plano especial. Escribe Bueno:

"A diferencia del Dios solitario (de Aristóteles, de Moisés o de Mahoma)- de un dios infinito, inconmensurable con el hombre, praeterracional, incluso "atrabiliario", más allá de toda la lógica humana-, el Dios cristiano es, por su humanidad, un Dios más próximo a la racionalidad del Yo humano. De un Yo que sólo puede existir en comunidad con el tú y con el él, es decir, de un Yo imagen de la divina trinidad de personas propia de la dogmática cristiana"[p. 258].

La verdadera revolución filosófica, que instaura un Ego trascendental como mediador entre la materia ontológico-general, M, y el universo físico-fenomenológico Mi, ha venido dada por y a través del Cristianismo. No del Cristianismo entendido "como una religión más", al lado de las muchas otras que anidaban y se difundían por el orbe mediterráneo, y más allá, sino del Cristianismo como cuerpo de dogmas, como Teología, y del Cristianismo –especialmente referido a la Iglesia Católica- como institución y fenómeno histórico único, "sin precedentes entre los griegos o entre los bárbaros" [p. 261]. La "ciencia de (la revelación de) lo divino", la Teología católica, sigue los pasos de la filosofía griega, especialmente la platónica y la aristotélica, erigiendo una idea de divinidad que rebasa por completo los moldes naturalistas de los griegos. La "teología de los griegos" (Jaeger) avanzó pasos muy decisivos no tanto hacia un monoteísmo, que sin la fibra judía no podían ni vislumbrar, sino hacia una iconoclastia, hacia una des-personificación de las fuerzas latentes o visibles en el cosmos. Pero Zeus, tanto como un Nous o un Acto Puro, siempre se mantendrían, sobre el hombre o al lado del hombre, como alteridades absolutas. Como lo "radicalmente otro", en el sentido de Rudolf Otto. En tal concepción antigua de la divinidad no hay propiamente una "persona divina" que haga las veces del Tú, la Segunda Persona (en el Cristianismo, el Hijo). El Padre o Primera Persona de la Trinidad, si creemos seguir correctamente a Bueno, prefigura o se corresponde a la M, a una distancia inalcanzable al radio de operatoriedad humano, y a una trascendencia absoluta frente a lo físico-fenomenológico. Pero el Hijo es un Dios-Tú, una Segunda Persona que, sin merma de su cualidad divinal sin embargo se presenta personal y corpóreamente al Hombre, es Hombre él mismo, y alcanza las posibilidades funcionales u operatorias que el Padre no exhibía. Pues un Primer Motor, un Acto Puro, un Amor que da ser a todo en todo momento, y no sólo en un instante 0, no parece un Ego operatorio. La Segunda Persona, un Yo que es un Tú, sí.

De ahí que la "revolución de la subjetividad" que parece iniciada por Descartes y los idealistas modernos (Berkeley, Kant, Fichte…) no pueda entenderse sin la fractura y reorganización correspondiente que se dio con la Teología cristiana. Durante décadas, Bueno ha explicado la Modernidad en términos de una "inversión teológica". Este proceso histórico se puede resumir de la siguiente manera. En el Medievo, el Mundo (Mi) era el punto de partida para llegar a Dios (M). En la Edad Moderna, y dentro del mismo marco teológico-dogmático del Cristianismo, se parte de Dios (M, pero actuante ya como Ego) para llegar (para explicar) el Mundo (Mi). Se mantuvo, repetimos, el marco, la dirección del vector (mundo---Dios), pero se invirtió el sentido, y se invirtió haciendo posible que M no fuera un mero "más allá" oscuro e inalcanzable, sino no un Ego de factura personal, divino (trascendental) pero corpóreo y por ende actuante. Descartes pudo ser "el campeón de la modernidad" porque pudo transformar su Ego categorial en Ego trascendental:
"De ese modo el Ego cartesiano, que comenzó actuando como un ego subjetivo o psicológico, termina transformándose en un ego trascendental. Y este proceso sólo se entiende históricamente en la medida en la que Descartes incorporó toda la tradición de la filosofía cristiana relativa a la inhabitación de Dios en el alma humana" [p. 270]. Descartes, en una época – un milenio largo más tarde- donde ya se había dado la inversión teológica, pudo desarrollar el programa de Agustín "…el primer filósofo cristiano, y especialmente como el primer teólogo dogmático, que habría advertido la conexión entre el ego humano y la Trinidad divina" [p. 268].


En posteriores comentarios desentrañaremos más aspectos y recovecos de este libro de Gustavo Bueno. Es un libro esclarecedor para comprender largas décadas de trabajo, de fundamentación del materialismo filosófico. Definitivamente, la apelación que en el libro se hace a un Ego institucional me parece la clave para entender la ontología buenista, ajena a todo fácil naturalismo o materialismo vulgar. Pero, en resumen, el tránsito del Ego categorial al Ego trascendental, tránsito ajeno en Bueno a una perspectiva genética, e insuficientemente mediado por este concepto de Ego institucional, contingente con respecto a los cambios epocales, también pone en evidencia las fracturas en este sistema ontológico.

Leer en línea la Parte II (Continuación) de esta Reseña.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Comentario del libro Pensar con las manos, de Manuel F. Lorenzo.

Comentario del libro Pensar con las manos, de Manuel F. Lorenzo.
Lulu, Morrisville, 2017, 216 páginas.
Carlos Javier Blanco Martín
Doctor en Filosofía.

Las aportaciones de la Filosofía a las Ciencias Cognitivas han sido continuas y esenciales. Desde su propio nacimiento, esta especie de "comunidad" interdisciplinar que es el cognitivismo contó con la presencia de filósofos y de aportaciones filosóficas. No en vano, se trataba de investigar de manera empírica y/o formal muchas de las cuestiones clásicas de la epistemología, filosofía del lenguaje, teoría de la mente, etc. Sin embargo l predominio, allá por los años 50 y 60, de una Filosofía de la Mente y del Lenguaje de corte neopositivista, analítico, en el mundo anglosajón, limitó el papel de los filósofos en esta comunidad interdisciplinar cognitivista. Esa moda analítica y neopositivista contaba, indudablemente, con ventajas operativas a la hora de hacerse entender con psicólogos, expertos en inteligencia artificial (muchos de ellos, a su vez, matemáticos y físicos), lingüistas, etc. La ventaja consistía en el uso frecuente de formalismos lógico-matemáticos, el conocimiento exhaustivo de la lógica y de técnicas formales para la resolución de problemas antaño considerados "metafísicos". Además, esta corriente, mayoritaria en la academia anglosajona, había adquirido el hábito saludable de analizar cuestiones concretas al máximo detalle, transitando desde las críticas puramente abstractas o conceptuales hasta las soluciones y experiencias de laboratorio o de simulación, en un ambiente de colaboración interdisciplinar y aprendizaje cooperativo sin barreras ideológicas, gremiales, etc. Pese a ello, también se fueron observando grietas y fatigas. La Ciencia Cognitiva nunca pudo ser monolítica en sus orientaciones más básicas, y otros paradigmas reprimidos, "más continentales" y menos anglosajones, comenzaron a aflorar. Así, hemos podido apreciar una vuelta a la Fenomenología, o al constructivismo piagetiano, y un reblandecimiento de los modelos más rígidamente formalistas (a la vez, mecanicistas).

El libro que quiero reseñar en Ciencia Cognitiva se hace eco de esa tendencia teórica que desea ir más allá de una especie de "neurocentrismo". Todo lector se ha percatado de la tendencia actual: poner la raíz "neuro" delante de las más variadas disciplinas, a veces sin justificación. Si ya es tradicional, y bien fundada, la existencia de una neuropsicología, no se podría decir lo mismo de una "neuroeconomía", una "neurohistoria", etc. si detrás de ello no hay suficientes modelos que intenten poner los puentes entre las ciencias. Tal parece como si los organismos y las poblaciones y sociedades de organismos fueran unos autómatas controlados por un órgano central que, debidamente programado, ejecuta todas las funciones biopsicosociales. Pero el enfoque de "Pensar con el Cuerpo" (Embodied Cognition) de Varela, Thompson, Rosch, etc. ha roto con esta visión neurocéntrica estándar.  

Manuel F. Lorenzo, a lo largo de su libro Pensar con las manos, reconoce como afín a su enfoque, este giro corporeísta interesante en el cognitivismo. Además, al dedicarse profesionalmente a la Historia de la Filosofía, el autor traza las genealogías de todas estas ideas. Hay un par de escuelas que no se pueden ignorar. De manera inmediata, el regreso de la Fenomenología es clave a la hora de entender éste auge de lo corpóreo. En la densa obra de Edmund Husserl se aprecia un gradual abandono del descripcionismo más mentalista a favor de una presencia más decidida del "mundo de la vida", en cuyo seno está el cuerpo del sujeto no sólo como "conocedor" sino también como "actor". Un discípulo de la fenomenología, y además marxista, como Merleau-Ponty, desarrollará mucho más este protagonismo del cuerpo, más que de la mente, en su filosofía.

El otro gran hito que antecede el enfoque Embodied Cognition, podría situarse en la Epistemología Genética de Jean Piaget. El psicólogo ginebrino nunca pudo ser tenido, realmente, como miembro del bando conductista, ni partidario del mentalismo. Su obra, como es bien sabido, consiste en la defensa de un interaccionismo o circularismo, en el cual participan por un lado, y desde el principio, las acciones exteriores del sujeto (que a un nivel superior pasan a llamarse operaciones), y por el otro lado, los procesos internos que, básicamente, son puntos de partida para acciones y operaciones encaminadas a un mejor equilibrio y adaptación.

Manuel F. Lorenzo lleva ya unos años desarrollando un sistema filosófico que se basa en este tipo de fundamentos: en lugar de partir (a) de las sensaciones o hechos básicos de la experiencia, como había tratado de hacer, sin éxito, el empirismo y sus derivados (empirismo lógico, neopositivismo…), o en (b) alguna idea abstracta, ajena o desprendida de la experiencia (la sustancia, Dios, las ideas innatas), como había tratado de hacer el racionalismo y el dogmatismo en general, el autor parte del legado irrenunciable del idealismo crítico de Kant, especialmente en lo que hace a dos de sus discípulos más creativos e influyentes, Fichte y Schelling. Por un lado, Fichte, de una forma que parece anticiparse al pragmatismo, así como al enfoque Embodied Mind y al constructivismo de Piaget, no parte del Yo (hoy diríamos, de la "mente" o "conciencia" puras) ni del no-Yo (diríamos, el "objeto" o la naturaleza), sino de un Yo absoluto que ya incluye esa mente en sus "contactos" con un entorno objetual. El gran idealista parte de las acciones del Yo, y no de las representaciones del Yo, creyendo con ello interpretar adecuadamente a Kant. Por su parte, Schelling es clave a la hora de defender un "positivismo" muy diferente del de Comte (quien hacía partir su sistema de los "hechos"), remitiendo el origen o fundamento de su sistema en una "indiferenciación", muy similar a la de Piaget, entre la mente y la naturaleza. En lugar de retroceder (regressus) hacia una cosa-en sí completamente incognoscible el sistema del Schelling tardío evita segregar la naturaleza (un mundo de objetos no tocados por conciencia alguna), como hacía Fichte desde el principio, y lo funde con el propio Yo (mente o conciencia), previamente a todo un juego de diferenciaciones o escisiones, que va dando cuenta de los progresos cognitivos.


Con tales precedentes filosóficos, y servido de las nuevas tendencias de la Ciencia Cognitiva, Pensar con las manos ofrece otra visión del Sujeto: un Sujeto quirúrgico, que construye el mundo. Un libro que interesará.

domingo, 1 de octubre de 2017

Vergüenza

Vergüenza


Quizá el dolor y daño que están causando los golpistas instalados en Cataluña sirva para algo. Lo que no nos mata nos ha de hacer más fuertes. Quizá hayamos tocado fondo, después de años y años sumidos en el fango de las "Autonomías". Quizá, después de la agitación de banderas y consignas, todos los españoles seamos capaces de sacar algunas conclusiones.
1.       Conclusión pedagógica. No se puede delegar la Educación, así como otros servicios clave para la supervivencia del mismo Estado (sanidad, policía) a un gobierno regional que, además, puede resultar desleal. La hispanofobia nace en las escuelas, se transmite y engorda en ellas. Debe recentrarse la Enseñanza, se debe crear un nuevo cuerpo de funcionarios de la Enseñanza de lealtad probada al Estado, que reserven sus inyecciones de ideología al ámbito privado, y que se ocupen exclusivamente de fortalecer voluntades y entendimientos.
2.       Conclusión económica. No se puede alimentar más a la serpiente. Al contumaz no se le soborna. Los españoles nos vamos a hartar de esta infame concesión de privilegios a una minoría "soberanista" que, en verdad, se ha mostrado insaciable y desleal. Todo tipo de "concierto" y trato de favor a un territorio  habrá de verse, a partir de ahora, como lo que es: in instrumento para la infamia. Infamia es que existan españoles de primera y españoles de segunda. Esto es suicida.
3.       Conclusión geopolítica. Esta operación "soberanista" coincide, básicamente, en sus métodos y fines, con intentos no muy lejanos (año 2011, por ejemplo) encaminados a hacer quebrar a España financieramente. La nación resultó lo bastante fuerte entonces a la hora de afrontar los ataques financieros internacionales, concertados, puntualmente, con la "revolución de color" que aquí se quiso implantar, como si fuéramos un país del Magreb, y de cuyos flecos nació el populismo de Podemos. Hay fuerzas muy poderosas en el exterior que desean quitarse de en medio a España (Soros, monarquías árabes, los petrodólares en general, competidores europeos de la UE).  
4.       Conclusión metahistórica. La existencia de una España unida y fuerte siempre será un obstáculo para las fuerzas mundialistas. Hay enemigos de nuestra nación mucho más informados en materia histórica que nuestros propios paisanos. Saben que la Civilización europea-occidental y cristiana existe por la constante y denodada labor de España, como Imperio y como dique de contención. Saben que los hitos que jalonan nuestro pasado (Covadonga, Navas de Tolosa, Granada, Lepanto…) permitieron una Europa libre y próspera, aunque desagradecida. Y esos enemigos saben, como supieron grandes filósofos, desde Oswald Spengler hasta Gustavo Bueno, que la civilización hispana fue la gran alternativa geopolítica y espiritual a esa clase de modernidad depredadora y egoísta que fue la Europa mercantilista francesa e inglesa.

En las ruinas de nuestros castillos, en el despojo de iglesias y conventos desamortizados, en las estatuas corroídas de nuestros héroes, en los olvidados campos de batalla llenos de ortigas y espectros, aún quedan semillas de esa Hispanidad que fue, y que puede tornar al ser. Sólo se trata de volver a enseñar bien la Historia en nuestras escuelas. Sólo se trata de vacunar a nuestros niños contra el odio. Sólo consiste en meter al ladrón en la cárcel (es decir, a casi la mitad de la casta política). Es tan fácil como suspender el Estado de las Autonomías y refundar Las Españas de una vez. Hacerlo ya, y no para "conquistar el mundo", sino para contribuir a que se conserve un tipo de mundo, una forma de vida que tiene derecho a la vida. Una forma de vida que llevamos a las Américas, al África, al Extremo Oriente, y que los piratas de entonces, no muy ajenos a los bandidos de hoy, nos quitaron.

Vertebremos esas escuelas, a la vez que apoyamos y damos aliento a nuestros cuarteles. Niños estudiosos, soldados firmes, trabajadores honrados…Hay que empezar de nuevo. Volver, con paciencia y tesón, a construir. Este régimen, esta Constitución, estas "élites" ya no dan más de sí. La vieja España se muere. En Cataluña, simplemente, el olor es más intenso porque está más avanzada la putrefacción.


Ya casi lo estoy oyendo desde aquí. En una lejana escuela de algún perdido pueblo un niño estudia en voz alta su lección y aprende, tesonero, con ciencia, sin adoctrinamiento. Él es el futuro. Ya lo estoy oyendo: en alguna universidad, en un cuartel o en cierta fábrica, unos jóvenes piensan en sus hijos y en el futuro, seguro y orgulloso, que ellos, padres, pueden contribuir a darle. Es esa España que, desde esta vergüenza de 1-O, puede estar naciendo. Naciendo de la vergüenza, y del deseo de no seguir cayendo en picado. Nunca es tarde para empezar de nuevo. 

domingo, 17 de septiembre de 2017

Suspender a un alumno ya resulta un acto heroico.

Suspender a un alumno ya resulta un acto heroico.
Carlos X. Blanco.

El sistema educativo español, como todos los demás subsistemas de nuestro Estado, es intrínsecamente corrupto o prevaricador. Lo es, precisamente, a partir de 1990, fecha de promulgación de la LOGSE, una ley  (durante años largos la hemos denominado simplemente  "la Reforma") que, en general, ha sido equivalente al paso de Atila: nos dejó convertidos en un erial cultural y formativo. Ahora, como saben muy bien padres, alumnos y docentes, padecemos una LOMCE que, en lo esencial, consagra que España sea un Estado-basura en todos los terrenos que inmediatamente colindan con la enseñanza. Es responsable de la escasa estabilidad de la institución familiar, la poca calidad del empleo y la productividad, los bajos niveles de conciencia crítica e inmunidad de la gente ante la manipulación, etc. La nueva ley, la LOMCE, es todavía peor. El aspecto en que la LOMCE actual consagra e incluso potencia de manera inusitada el carácter corrupto del sistema es el aspecto de la Evaluación.


Efectivamente, en todos los terrenos de la administración, dentro de un Estado eficaz y transparente, existe la posibilidad de formular quejas y reclamaciones. En Educación esto también debe ser así. Sin embargo, bastaría con encuestar al azar a los docentes, de manera anónima y sin temor a represalias, para saber qué opinan éstos con respecto a la hipertrofia de reclamaciones de nota (y, recientemente, de otro tipo, como son quejas burocráticas o intromisiones a la libertad de cátedra). El número de reclamaciones no ha hecho otra cosa que aumentar, y los docentes más veteranos guardan la impresión de que éste aumento parece exponencial con el paso de los años. Los profesores más jóvenes, en cambio, lo dan ya por normal. Las reclamaciones de notas pueden ser de dos tipos, ambos no incompatibles: reclamaciones registradas en el propio centro, o presentadas ante el servicio de inspección. Muchas veces el resultado es favorable al padre o al alumno que las presenta. Y que sea sí en tal número de ocasiones es sumamente sospechoso. Da la sensación de que en Educación se ha aplicado a rajatabla aquel lema comercial americano de "el cliente siempre tiene la razón", como parte del gran engaño mercantilista en que gira el mundo desde hace siglos, pero mucho más desde 1945: el consumidor satisfecho como fantasma creado por el vendedor de humo, ideología barata y manipulaciones. Hoy es el Estado, y no sólo una firma comercial, el que se dedica a engañar a ese padre y a ese alumno querulantes. Se quejan de las notas, censuran al profesor, todo lo ven "injusto" sin el más mínimo de autocrítica hacia las negligencias de los padres (no haber dado sopapos a tiempo, no supervisar tareas, etc.) y de los niños (no haber dado, realmente, "ni golpe" durante un año…). Basta con firmar un papelito, que las propias Jefaturas de Estudios o Secretarías facilitan, y, "zas", asignatura aprobada, a pasar de curso. Mucha gente desconoce que un simple "defecto de forma" sirve para que un Departamento didáctico o, más frecuentemente, un inspector, le dé el aprobado injustamente a un alumno.
Y ¿cómo puede incurrir en "defecto de forma" un profesor? ¿Tan inútil o negligente es el docente como para no corregir bien el examen, no poner la nota correcta, equivocarse en las "medias" de las notas? No vayan a pensar. Este tipo de situaciones son muy poco frecuentes, y el docente que se equivoca de manera tan trivial no tiene problemas a la hora de rectificar los resultados, y con gusto lo hace si con ello el alumno sale beneficiado. Pero, desde la LOGSE, los "defectos de forma" suelen provenir de recovecos en la legislación (frondosa e inabarcable) o de la propia Programación de la asignatura que, confeccionada conforme con aquella selva normativa, al menos en intención, también suele ser abstrusa e impracticable.


Los "reformadores" de aquella famosa LOGSE tuvieron la disparatada idea de que ya no debían existir "temarios" de asignaturas elaborados por un Ministerio para toda España, exigiendo a los profesores, como se hacía antes, el cumplimiento de los mismos en todo el territorio nacional. Esto, tan anticuado al parecer, proporcionaba una homogeneidad de contenidos e igualdad en derechos, en todo lo referente a la formación de todos los jóvenes según su edad. En lugar de eso, los reformistas han puesto a ejércitos de pedagogos a innovar. Y cuando un pedagogo "innova", échense ustedes a temblar. Los currículos (las cosas que hay que estudiar y dominar) se alambicaron increíblemente en los llamados "niveles de concreción": nivel estatal, nivel autonómico, nivel de centro. De tal manera que la homogeneidad entre lo que estudia un chico de Sestao, de Mósteles, de Badalona o de Dos Hermanas no la reconoce ni el Espíritu Santo. Pero es que dentro del propio pueblo, en dos centros diferentes, puede haber Programaciones de la misma asignatura muy diferentes para cada curso.


Esto no tiene pies ni cabeza, y todo el tinglado de las "Programaciones" sirvió, en realidad, para crear desigualdades que claman al Cielo.  Cuando un padre tiene una formación, o bien jurídica o bien docente, o está asistido por personas que son juristas o docentes muy duchos en el bosque normativo, entonces presenta la reclamación sabiendo que, en caso de ser desestimada, no va a perder dinero ni nadie le va "a coger manía" y, en el peor de los casos el niño se queda con la nota que ya tenía. En cambio, otros niños que no tienen padrinos ni defensores leguleyos se tienen que conformar con la nota. La nota ya no es objetiva, depende de quién tenga fuerza para regatear o entrar en el capítulo de las amenazas y cambalaches. Pero la LOGSE, esa gran Ventana de Reclamaciones, normalmente empezó a dar razón sistemáticamente a los padres reclamantes. Por muchas razones concurrentes, pero destacaré dos:


a)      Ante defectos de forma la administración (los inspectores) quitan la razón a los profesores porque éstos, a final de cuentas "ya cobran" y les están sometidos jerárquicamente. Los padres, ante la administración educativa, son un elemento "externo" que puede sacar los colores a la propia administración por algún punto supuestamente incumplido en la jungla normativa: el siguiente escalón, tras tumbar o humillar al profesor o al centro viene el escalón de la propia administración (inspección), y al sistema no le interesa en absoluto que el anillo defensivo más interior de la fortaleza sea acometido desde fuera. Darle la razón al padre querulante o leguleyo ahorra muchos papeleos y quebraderos de cabeza a la élite o al "anillo central". Queman a los soldados, pero los generales se protegen en retaguardia.


b)       Otra razón estriba en que hay necesidad de inflar el número de aprobados, la "mejora de resultados" y las cifras de alumnos que titulan o pasan de curso.


El desastre educativo español lleva décadas disimulándose por medio de maquillajes estadísticos y cifras abultadas que nunca reflejan la verdadera ruina de nuestro nivel cultural y profesional, y que ya se está viendo incluso en nuestros líderes políticos. Personajes como Sánchez, Iglesias, Garzón, etc. podrán ser profesores universitarios (algo que, antaño, representaba ser "élite")  y, generacionalmente, podrán ser ajenos a la LOGSE, pero reflejan ya un hundimiento de la cultura, una despoblación de gente capaz e ilustrada. Concedo que este hundimiento ya había comenzado antes de 1990, pero la LOGSE y leyes ulteriores lo aceleraron.


Tan reprensible, por prevaricador, sería dar un aprobado injustamente a un alumno ("regalar", como decimos los docentes), como suspender a un alumno que no se lo merece. No hay diferencia, moralmente hablando. Sin embargo, el primer caso de inmoralidad es el que se ha generalizado desde la LOGSE.


La mayoría de los docentes que no compartieron nunca el espíritu logsiano aprendieron de sus propios maestros, de sus padres y de toda una tradición educativa una ley fundamental. Observaron que aprender requiere esfuerzo, que el esfuerzo se premia y la pereza, la desidia y la desobediencia se castigan. Sin embargo, la Ingeniería Social implantada bajo régimen socialista, y toda una plétora de pedagogos y teóricos de la educación (Marchesi, Coll y Cía), invirtieron los términos y crearon, bajo decreto, las condiciones para que suspender a un alumno fuera un asunto cada vez más difícil. En primer lugar, las presiones. ¿Cuántos docentes no nos hemos visto obligados a explicar a todo tipo de gente? Explicaciones incluso en los casos en que, en un examen final, a modo de "último recurso" para poder recuperar la asignatura, un suspenso es un suspenso porque no llega al mínimo de cinco puntos sobre diez. Que un chico con un uno, un dos, un tres o un cuatro, malgastadas ya todas las anteriores oportunidades para aprobar y recuperar, no merece un aprobado de cinco "por su cara bonita". Sin embargo, el profesor ha de sudar dando explicaciones ante unos hechos tan obvios: ante la junta de evaluación (los demás profesores de ese alumno), ante el tutor, ante el equipo directivo del centro, ante los padres (que no siempre acuden con el mejor humor), ante el inspector…


Evidencia de la degeneración de la profesión docente es que muchas veces el aprobado regalado se concede incluso ante las mismas presiones de los demás profesores. Un alumno vago, que además puede ser un poco maleante, si no titula o no pasa de curso "por culpa de tal o cual profesor", puede remover Roma con Santiago para que la anhelada promoción y titulación tenga lugar, riéndose en la cara de los demás muchachos que se sacaron el aprobado con sus propio sudor. El mensaje que se transmite a nuestra juventud desde 1990 es este: "los últimos (en capacidad, esfuerzo, modales y responsabilidad) serán los primeros (en ventajas, privilegios, ayudas económicas)". Se trata de la destrucción de la meritocracia, lo cual equivale exactamente a la destrucción de España como nación. Pues una nación se destruye desmotivando y castigando a la flor y nata de su escasa juventud valiosa, que es aquella que estudia y se esfuerza.


Con tantos años en la docencia me pregunto qué clase de fuerzas tan poderosas se pueden esconder tras ese cúmulo de presiones sobre los profesores para desincentivar los suspensos. Es evidente, como señalé arriba, que hay mucho interés por inflar los buenos resultados, por disimular una crisis civilizatoria, que no es exclusiva de España. Europa entera se derrumba moral y culturalmente antes de desaparecer y sufrir una sustitución de sus pueblos nativos por otros. Para que tal muerte civilizatoria y tal proceso de sustitución tenga lugar sin resistencias que a nuestras élites les resulten violentas e imposibles de gestionar, resulta muy necesario convertir nuestros centros escolares en establos, y no en instituciones dignas que garanticen una formación (Paideia, Bildung). Para que esta juventud estabulada no dé problemas, es preciso rebajar los contenidos, los niveles de exigencia, introducir asignaturas y actividades lúdicas, evitar frustraciones. La reforma logsiana introdujo la prohibición (vigente) de poner ceros, y así, un alumno sólo por existir ya merece al menos un uno. Esto, verdaderamente es de locos. La reforma también introdujo todo un aparato ideológico de culpabilización de los profesores: no motivan, poseen metodologías anticuadas, "algo falla cuando hay muchos suspensos"…


Lo peor ha venido con Wert. La nueva ley LOMCE, ha "revolucionado" de tal manera la forma de evaluar a los alumnos que no hay quien la entienda, y así nos estamos encontrando con muchos profesores, tanto jóvenes como veteranos, que manifiestan "no querer tener problemas", regalando los aprobados a sus alumnos para que nadie les reclame por un incumplimiento de una ley ininteligible. De acuerdo con este texto barroco e infumable, la llamada "ley Wert", un alumno ya no saca determinados puntos en un examen que valora sus conocimientos o dominio de unas materias. Ahora la jerga es otra: "competencias", "indicadores", "rúbricas", "estándares"… Para evaluar a un alumno de acuerdo con la ley habría sido preciso hacer un registro individualizado de cientos de conductas, actividades, respuestas, situaciones de aprendizaje de cada alumno… un registro que nada tiene que ver con el tradicional archivo de exámenes y trabajos recogidos por cada chico. Haciendo constar que un profesor de secundaria puede tener más de 100 alumnos distintos por curso, tal locura salta a la vista. Además, la exigencia de asignar "ponderaciones" distintas a los distintos ítems a evaluar obliga al docente a ser una especie de estadístico o matemático perfecto al que se le requiere manejar paquetes informáticos para gestionar esta chiflada manera de poner las notas a un chaval, en lugar de dejarle tranquilo para que prepare bien sus clases y se actualice científicamente.


A mí, personalmente, las cosas se me antojan muy claras. Al pedir imposibles a los docentes, por medio de un imperativo legal impracticable e ininteligible, se crea la situación de indefensión en éstos. Hagan lo que hagan, ante una reclamación formal, el padre querulante siempre acaba llevándose el gato al agua. Sabe que va a conseguir que su niño apruebe, titule, pase de curso o lo que él pida. Sabe de sobra que el docente de la LOMCE es un pobre diablo, al que llevan años tomándole el pelo con una legislación hecha en su contra, a traición, sin contar con él, confeccionada únicamente con el ánimo de convertirle en un pelele del mundialismo y de la nueva ingeniería de masas: estabular y entretener a los jóvenes para que éstos se queden indefensos ante las nuevas "campañas de sensibilización" y para que los votos de los principales partidos que sostienen el Régimen (no ya sólo el de 1978 en España, sino el de 1945 en toda Europa) no se esfumen. Es barato regalar aprobados y es fácil  liar al profesorado con selvas normativas para conseguir estos objetivos. Sostener con firmeza–por parte de un docente- el suspenso de de un muchacho con un cuatro en su recuperación final se ha convertido ya casi en un acto de heroísmo docente, en un gesto de resistencia en contra de la molicie generalizada, consentida, impuesta, planificada.


martes, 12 de septiembre de 2017

La mirada de fuego. Homenaje a don Gustavo Bueno Martínez.

La mirada de fuego
Homenaje a don Gustavo Bueno Martínez.
ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA NIHIL OBSTAT, Nº  29.
Carlos Javier Blanco Martín.

Amamos a Platón, pero amamos mucho más a la Verdad. El mejor homenaje que puedo rendir al Maestro, a don Gustavo Bueno Martínez, me parece, no es otro que hacer una revisión crítica de su pensamiento.
La Filosofía, tal y como Bueno la concebía y enseñaba, no es otra cosa que una incesante llama crítica que prende el fuego a cuanto encuentra a su paso, una llama –el logos- que todo lo atraviesa (categorías científicas y técnicas, instituciones y usos sociales, esquemas religiosos, ideologías, praxis política…), que todo lo consume en la medida en que contiene error, falacia, deformación.
La propia filosofía degenera y se con-funde en lo que no es ella (frecuentemente, se con-funde con la ideología, la religión, la divulgación científica, etc.) cuando esta llama abrasadora de la crítica se apaga, o bien se aleja del objetivo sus propias investigaciones, que es una forma de desaparecer discretamente. No sin razón muchos han visto en Bueno al nuevo Sócrates, esto es, alguien que, al margen de cualquier vocación de sistema (aunque el Maestro que aquí recordamos, sí la tenía) era ante todo una especie de “incendio” en forma humana, un fuego cuyas lenguas ígneas salían de su mirada y, con harta frecuencia, disolvían o reducían a cenizas las (im)posturas intelectuales y políticas cómodas, (im)posturas consideradas en cada momento como “correctas”.

 La mirada de fuego de la crítica buenista casa muy bien con algunos símbolos por él preferidos: además de la muy conocida simbología de la lechuza de Atenea (o Minerva), de ojos resplandecientes en plena oscuridad (esto es, en plena noche de ignorancia y confusión), también tenemos ese simbolismo en el nombre de las publicaciones por él impulsadas: el Basilisco, es nombre de monstruo mitológico de mirada letal. Esto ha de ser la Filosofía: unos ojos muy abiertos y, si acaso, ojos incendiarios ante la pereza mental y los conglomerados ideológico-metafísicos.



El Sócrates molesto, incómodo, el tábano y aguijón destructivo que fue nuestro don Gustavo era sólo un “momento”, en el más pleno sentido dialéctico del término, de su filosofar. Este momento se oponía y se complementaba con la parte constructiva o sistemática. Hay en Bueno un “sistema” (sistasis, sintaxis, symploké). Cierto es que, ahora mismo, y a falta de conocer algún texto inédito, el sistema buenista exhibe cierto aire de desproporción en los miembros, de hipertrofia de algunas partes y de escaso acabamiento en otras. Pero, a todas luces, aquí hay sistema, y sistema de mucha enjundia. Será ésta una hora buena, una vez llorada la muerte de su creador, ocasión propicia en la que podamos ver esas disarmonías e imperfecciones, empezando incluso por el nombre del sistema: “materialismo filosófico”.

Así pues, comencemos a rendir nuestro homenaje al profesor Bueno, haciendo lo que él haría con ocasión de cualquier otro homenaje: Filosofía. Vale decir: crítica implacable, crítica filosófica la cual implica un proceso que abarca un movimiento dialéctico de dos aspectos, momentos o fases que se complementan y, al tiempo, se requieren: destructiva y constructiva.

1.       Un apunte personal.

Conocí al Maestro ya en el primer curso de Facultad. A principios de los años 80 del siglo pasado, la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación era un singular edificio (un viejo Colegio Mayor reciclado) y un no menos singular centro de enseñanza en el que convivían alumnos y profesores de tres secciones muy diferentes en cuanto a intereses y motivaciones: Filosofía pura, Psicología y Pedagogía. En las tres secciones obtuve formación y disfruté del magisterio de profesores buenos. En las tres secciones había un predominio de asignaturas filosóficas comunes en el primer ciclo (los tres primeros cursos). Las malas lenguas achacaban a Bueno esa gran presencia de la filosofía en la formación de psicólogos y pedagogos, juzgada por muchos de éstos como engorrosa e impertinente. Sea cierta o no esa responsabilidad del Maestro, los años me confirman cuán beneficioso era que éstos especialistas de la educación o del estudio de la conducta tuvieran una alta preparación en lógica, teoría de la ciencia e historia de la filosofía. Si la “culpa” fue de Gustavo Bueno, yo no tengo más que buenas palabras para aquel plan de estudios y para sus mentores, mucho más racional y racionalista que lo que vino después.  

En primero asistí a sus clases de Antropología Filosósfica en un aula grande (la mítica aula “O1”, antiguas cocinas, creo, del viejo Colegio Mayor reciclado), atestadas de gente, muchas veces con presencia de alumnos oyentes y de profesores de otras facultades. Mientras que muchos futuros psicólogos y pedagogos acudían rezongando a esas clases, como si sus saberes (por decir algo, empleo la palabra “saberes”) no tuvieran que ver con la Antropología, con una idea racional de Hombre, el Maestro desplegaba flamantes ejes de coordenadas para analizar el material antropológico en un espacio.  Lo maravilloso, en el magisterio de Bueno, era que el profesor nos ofrecía primicias y desarrollos de aquello en lo que él estaba trabajando en aquellos momentos. Cuando yo inicié mis años de universidad, Bueno y sus colaboradores habían desarrollado en gran extensión su Teoría del Cierre Categorial (TCC), y estaba ofreciendo al público y a sus alumnos importantes novedades en la teoría antropológica (Los Ejes del Espacio Antropológico, su filosofía de la religión, la teoría sobre las Ceremonias). A lo largo de la carrera, y en los años de doctorado, yo traté de conseguir todo el material fotocopiado o comprado que pude sobre la filosofía de Gustavo Bueno y, muy especialmente, material concerniente a la Teoría del Cierre Categorial. Esta filosofía de la ciencia me parecía un instrumento valiosísimo para el análisis de las ciencias humanas y sociales, cuyos problemas gnoseológicos me interesaban desde el principio. De hecho, al iniciar el doctorado no tenía muy claro qué disciplina elegir para someterla a un análisis gnoseológico, pero “probar” esta Gnoseología era lo que me gustaba, y dudaba entre varias ciencias que reclamaban mi atención: el materialismo histórico, la Economía Política, alguna corriente de la antropología cultural, la biología… Fue gracias al consejo de don Julián Velarde Lombraña, estrecho colaborador de Bueno, como encontré un tema para la tesis doctoral: la Psicología Cognitiva. Esto le parecía correcto por haberme licenciado yo, inicialmente, en la sección de Psicología. El profesor Velarde, un lógico eminente, me sugirió una crítica o análisis de ésta disciplina, muy conexa a la Inteligencia Artifical, y sobre la cual él mismo estaba investigando. Fue así que a principios de la década de los 90 leí mi tesis, Gnoseología de la Psicología Cognitiva, dirigida por Velarde. Tuve, pues, el honor de haber contado con su dirección. La tesis doctoral fue leída en la Universidad de Oviedo ante un tribunal presidido por Gustavo Bueno quien, unos años antes, había escrito un artículo sobre la gnoseología de la Psicología Cognitiva y en el que yo me había basado.

En todos mis años de estudiante universitario fui recibiendo exposiciones más o menos didácticas, siempre rigurosas, de la Teoría del Cierre categoríal, y de otros aspectos de su “materialismo filosófico”, bien a cargo de su propio creador, bien a cargo de alguno de sus excelentes discípulos o colaboradores. Como suele ser habitual, la propia lectura y estudio de la bibliografía buenista fue el mejor método para formarse, pero puedo presumir de haber contado con algunos buenos profesores. En el aspecto histórico-filosófico también deseo reseñar la  impronta de dos discípulos de Bueno, las clases de don Vidal Peña, que impartía Historía de la Filosofía Antigua, y la de Manuel Fernández Lorenzo, que enseñaba Historia de la Filosofía Contemporánea. Cada uno a su manera, con su propia heterodoxia, mostraba maravillosamente la filosofía en su transcurso histórico, inspirándose en parte en Gustavo Bueno. Manuel Fernández Lorenzo, bajo cuya dirección hice un trabajo en tercer curso, fue quien más me ayudó –sin que él lo sospechara- a orientar mis intereses hacia la Filosofía antes que a la Psicología o a las otras Ciencias Sociales. El profesor Fernández Lorenzo ha llevado a cabo en los últimos años una enérgica reorientación de la filosofía de Gustavo Bueno, transitando desde el “materialismo filosófico” de su maestro, hacia un sistema que él denomina “pensamiento hábil”. Es justamente de éste “pensamiento hábil” de donde tomaré en este artículo algunas de mis críticas a la filosofía buenista, críticas, se entiende siempre, que constituyen el mejor homenaje al maestro fallecido y al que tanto le debemos.

En los 90 (curso 94-95) como profesor asociado de la Universidad de Oviedo impartí durante un año clases de Teoría del Conocimiento en 2º y 5º de la carrera de Filosofía. En ellas me estrené como docente, poniendo en marcha cuanto sabía de la filosofía buenista, aunque siempre muy volcado a los autores clásicos (Aristóteles, Descartes, Hume, Kant…). Tenía el convencimiento de que nunca se podría entender el laberinto llamado “materialismo filosófico” sin un estudio profundo y recurrente de estos autores. Tenía –y sigo teniendo- la impresión de que el “materialismo filosófico” borraba su propia genealogía, o la ofrecía en esbozos no muy conspicuos. Esa impresión se me fue confirmando con el paso de los años.
Mi trato personal con don Gustavo se redujo al mínimo. Recuerdo que siempre fue muy cortés, con esa cortesía académica a la antigua usanza que, por desgracia, se está perdiendo. Esta imagen en mi memoria contrasta con la representación pública que Bueno hacía en la televisión y en la prensa, a modo de “niño terrible”, bronco y casi grosero. Creo que su proyección pública fue muy desafortunada, un error estratégico a la hora de promocionar su pensamiento. Esto, y la actitud sectaria de algunos de sus seguidores, fueron bazas muy negativas a la hora de dar a conocer correctamente la filosofía buenista.

2.       La Lógica.

¿Cuál es la clave de que el “materialismo filosófico” muestre tanta potencia crítica, analítica, frente a la obra de otros filósofos y escuelas contemporáneas? No me cabe ninguna duda: la clave reside en la Lógica.

Don Gustavo Bueno era, antes que nada, un lógico. Y uno de sus colaboradores más estrechos de la primera generación (don Julián Velarde) , también. La Lógica es esa gran desconocida en el panorama científico, cultural y filosófico. A lo sumo, hay un cierto contacto estudiantil con la “lógica formal”, a la que se suele presentar como una pariente pobre de las matemáticas, o una disciplina auxiliar al servicio de las “argumentaciones”, como preámbulo o instrumento para la filosofía de la ciencia o del lenguaje. En España hemos pasado del estudio escolástico de la lógica silogística al estudio –acaso no menos escolástico- de la lógica formal predominantemente anglosajona, muy a menudo reducida a “herramienta” para el análisis lingüístico de las ciencias y del lenguaje ordinario. Pero la Lógica es mucho más. Es una disciplina dioscúrica, de dos rostros. Por un lado, se “positiviza”, se cierra categorialmente pero, por otro, una vez que sus teoremas cobran un alcance general, constituye el nervio mismo de la Filosofía, pues sus teoremas y procedimientos necesariamente reaparecen y se exigen a cada momento y alcanzan carácter trascendental. Por otro lado, no hay sólo una lógica formal, sino una más amplia (y de alcance ontológico) lógica material. Las propias cosas, pudiera decirse, responden a un logos, a una sintaxis o entretejimiento. No todo se conecta con todo, ni lo hace de cualquier manera. Ahora es donde podemos saber de dónde sacaba Bueno el combustible con el que hizo fuego en su abrasadora mirada: en la lógica. Bueno y Velarde, como competentes lógicos, pudieron alejarse tanto del escolasticismo como del formalismo anglosajón y, con ayuda el decisivo aporte del psicólogo suizo Jean Piaget, dieron con un enfoque constructivista, del que luego hablaré. La teoría del todo y las partes, la teoría de las clasificaciones, la teoría de la identidad sintética (la “verdad” en el Cierre Categorial) y un largo etcétera, son contribuciones estrictamente lógicas. Antes que nada, y de manera fundamental, la obra de Bueno (y sus primeros colaboradores) es la obra de un lógico.

3.       La cuestión del “materialismo”.

¿Por qué esa insistencia en denominar “materialismo filosófico” a su sistema? ¿Qué significa ser “materialista”?

Biográficamente, me parece que está claro el por qué de ese nombre. Gustavo Bueno, allá en los años 60 y 70 tenía, o creía tener como compañeros de viaje a los marxistas. Su propia filosofía se presenta en público como una fundamentación del marxismo. Los Ensayos Materialistas (1972) es la obra que mejor representa la Ontología de Gustavo Bueno. En ella, en lugar de tomar como unidad y objeto de esta disciplina “el ser”, o la sustancia, se toma la Materia. Todo cuanto hay, o existe, es Materia (M), ahora bien,é se da en tres géneros: M1 (materia en sentido fisicalista), M2 (materialidad operatoria, vale decir psicológica), y M3 (materialidad esencial-objetiva). Es evidente que el materialismo de Bueno no es de índole reduccionista, y no se puede confundir sin más con un fisicalismo: éste, el ámbito de los seres físicos, no es más que uno de los géneros de materialidad. Además, ninguno de los tres géneros se da aisladamente. Deben concurrir los otros dos como mediadores. La inclusión de M2, la realidad psicológica, constituye a la vez una reinterpretación de esta misma realidad: no es el mentalismo, la presencia de las almas, lo que ha de agregarse al mundo físico. La realidad psicológica (acciones, percepciones, memoria, planes…) en realidad es la acción corpórea y la operatoria. Hablar de Sujeto es hablar de un centro de operaciones por medio de las cuales se construye y se reconstruye la realidad. Como quiera que la intervención del sujeto (M2), esto es, de un centro que construya y reconstruya las realidades fisicalistas (M1) y, a partir de ellas, establezca relaciones esenciales u objetivas (M3) es absolutamente necesaria, nos parece que es gratuito subordinar los tres géneros de materialidad a un nombre común, “materialismo”. No vemos por qué no habría de denominarse, por ejemplo, “constructivismo”, dado que además de los materiales de construcción hacen falta demiurgos (M2) y resultados objetivos (por ejemplo planes y legalidades, M3) que también intervienen en la construcción.

Lo de etiquetar como “materialismo filosófico” al sistema viene, probablemente, de los tiempos ya viejos en que Bueno tenía (o creía tener) compañeros de viaje marxistas. Y lo hizo ante las inconsistencias filosóficas del DIAMAT, en rigor un dogmatismo más engelsiano que marxista, que basculaba sin cesar hacia el materialismo corporeísta antiguo, con añadidos de dialéctica hegeliana; ante esa pseudofilosofía, Bueno reaccionó con una especie de boutade. Frente a la leninista denominación de su “sistema” como materialismo filosófico, la reacción de Bueno fue la de apropiarse de la expresión, hacerla suya, rindiendo acaso una especie de irónico homenaje a Vladimir Illich.

Sin embargo, hace muchos años que comenzó el distanciamiento entre Bueno y los marxistas o, por decirlo de una forma más general, entre el buenismo y la izquierda en general. Lo que comenzó como una labor de fundamentación más rigurosa del materialismo histórico y del materialismo dialéctico, bien visible todavía en los Ensayos Materialistas (1972) acabó siendo un repudio explícito de la ideología marxista, a pesar del ensueño en que algunos admiradores y discípulos buenistas, cercanos al PCE, siguieron viviendo, una ilusión extraña, consistente en creer que Bueno todavía era de los suyos. En la época en que Bueno accedió a su cátedra, en esa España del franquismo supuestamente represivo en el que, paradójicamente, entraba desde Francia todo género de literatura marxista, era habitual que la intelectualidad de la izquierda clandestina tomara sus distancias ante la nueva escolástica soviética. El marxismo-leninismo, con sus vulgatas y catecismos, no podía caer en gracia de las personas con mayor capacidad crítica y mejor formación. La propia labor de Bueno en aquella estólida España, introduciendo la lógica y los nuevos avances de la filosofía analítica anglosajona (como hiciera Manuel Sacristán, aunque con otro aire y estilo), revela la necesidad que nuestro maestro tenía de salir de toda clase de escolástica, tanto de la escolástica propiamente dicha (neotomista), como de la soviética.

Pero, curiosamente, al derrumbarse el gigante soviético, y al perderse la “patria del socialismo”, el Estado que de manera positiva y efectiva hacía las veces de “patria de la revolución” y de “exportador” de ideas marxistas, la URSS, los otros marxismos, occidentales y anti-soviéticos, también perdieron por completo el rumbo. En España, de manera paralela a otros países occidentales, se procedió a difuminar las siglas PCE en el seno de una indefinida “Izquierda Unida”, en rigor se pasó a una liquidación del comunismo. Y no es baladí emplear la palabra “indefinida” para definir a esta izquierda liquidacionista del marxismo, pues esta es la nota que resalta Bueno en sus análisis de los movimientos izquierdistas post-soviéticos. Feminismo, ecologismo, anti-fascismo, altermundismo, homosexualismo… no se sabe cuántos “ismos” pueden tener cabida en esa izquierda que, como hongos en un tronco putrefacto, brotaron al perderse el norte soviético. Tenemos, pues, un “materialismo filosófico” ovetense nacido como crítica y como burla del escolástico marxismo-leninismo, como punto de partida. Pero, como término de llegada, tenemos que las ruinas de aquel estado, la URSS, y aquella concepción del mundo, parecían más racionales y aceptables, que los subproductos nacidos tras su muerte. Bueno debió parecerle demasiado “clásico” y sovietizante a aquellos hijuelos españoles de mayo del 68 (trotskistas, maoistas, se decía entonces, podemistas, se podría decir hoy). En efecto: la Filosofía en su más pura veta platónica ve en el Estado el instrumento capaz de “realizar” la Filosofía misma, a saber, la Justicia, la Autoridad, la Racionalidad. Una Filosofía que abomina del Estado y de sus instrumentos para hacer más racional la existencia social no es filosofía, es mera subversión, es simple anarquismo.

En suma, un Bueno cuasi-marxista y anti-soviético fue derivando, por culpa de la propia y lamentable evolución de la izquierda española, en un Bueno anti-marxista pero en cierto modo nostálgico del orden soviético. Pues, si dejamos al margen las atrocidades de aquel régimen (y dejarlas al margen ya tiene algo de atroz), sí es cierto que el sovietismo nunca socavó –al menos en el plano representacional- las instituciones fundamentales de la vida civilizada (Familia, Ejército, Patria, Estado, Lealtad, Autoridad), antes al contrario, las ensalzó.

Nombrar el sistema de Bueno como “materialismo filosófico” me parece, pues, un anacronismo y un abuso de los términos. La boutade que dio origen a la expresión (superar y desposeer al mismísmo Lenin, creador del original “materialismo filosófico”) ya no es vigente. Ya apenas tiene el buenismo un puñado de compañeros de viaje en el marxismo-leninismo. No lo puedo demostrar, pero me temo se trata de un filósofo mucho más leído en la derecha o en áreas del todo transversales, en una España que ya no sabe nada de marxismo, reducido éste a la marginalidad. La propia filosofía buenista podría calificarse, de manera exacta, como transversal, “ni de izquierda ni de derecha”. Y si las coordenadas ideológicas en las que se gestó el buenismo ya no existen (ni la URSS, ni la hegemonía comunista en la oposición a Franco, etc.), no vemos motivos para mantener esa denominación. De igual modo, si a todo cuanto hay (pues la Ontología es el estudio del Ser, de cuanto hay, y el estudio de qué significa “haber” o “existir”) lo llamamos materia, incluyendo los tres distintos géneros (M1, M2, M3), los cuales son, recíprocamente, condiciones para el establecimiento de uno de ellos, no entendemos por qué lo “material” (fisicalista, M1) y no lo “operatorio” (M2) o lo “esencial” (M3) no habrían de ser instancias reguladoras de toda construcción ontológica. Bueno “fundamentaba” en los Ensayos esta triple genercidad reformulando las tres ontologías regionales de Wolff (Mundo, Alma y Dios). En otros libros (El Papel de la Filosofía en la Conjunto del Saber, 1970), aparece el proyecto –no cumplido- de ofrecer una teoría sobre las leyes lógicas del pensamiento, leyes lógico-dialécticas antes que psicológicas o subjetivas, a partir de las cuales, una vez halladas, se pudiera trazar una concatenación entre géneros. Esto, hasta donde se me alcanza, no se hizo, y cabe suponer que sólo una labor colectiva de investigadores podrá ir trazando, caso por caso, las ontologías regionales, teniendo en cuenta el análisis de los cierres categoriales más directamente implicados.

El tiempo decidirá si en esta opción en pro del materialismo no camuflaba Bueno una suerte de dogmatismo, una preferencia no justificada por M1, por la materia entendida en el sentido fisicalista. La sospecha que algunos hemos albergado en este sentido viene avalada por la acrítica actitud de rechazo de todo “mentalismo” en el campo de las ciencias de la conducta (p.e. preferencia por hablar de Etología en vez de Psicología, apología de B.F. Skinner y desprecio por los aportes cognitivos o psicoanalíticos), así como el decidido interés por los enfoques más reduccionistas en las ciencias sociales y de la cultura (las llamadas metodologías alfa-operatorias). El “anti-reduccionismo” del buenismo, me parece, debe ser ejercido y no sólo representado. No debe figurar únicamente en un plantel de buenas intenciones, sino tenazmente evitado dentro del proyecto ontológico esbozado. Estos deslices se habrían evitado haciendo girar el sistema hacia el Sujeto Operatorio. Hacer de M2 el género posibilitante, constructor y sine qua non de los otros dos, sin perjuicio de que el Sujeto -cuyo espacio viene conformado por sus propias operaciones- sea también posibilitado por los otros dos géneros. A mi juicio, dos discípulos de Gustavo Bueno han transitado por este camino, salvando el peligro del reduccionismo materialista: don Tomás Ramón Fernández, que remarca el cariz evolucionista y constructivista del Sujeto Operatorio, a partir del estudio del funcionalismo americano, pasando por J. Baldwin y J. Piaget ; y don Manuel Fernández Lorenzo, quien reelabora igualmente la idea del Sujeto Operatorio, remontándose, en este caso al idealismo alemán, y muy especialmete a Fichte y a Schelling, para llegar hasta el siglo XX con las figuras de Piaget y Merlin Donald. En estas dos líneas de investigación, el buenismo se despoja de “materialismo” y pasa a ser un “constructivismo”, muy en la línea de otras corrientes contemporáneas que reciben esa misma denominación.

4.       La cuestión ontológica.

El materialismo ontológico ha sido presentado por Bueno como un pluralismo radical. La realidad o el ser, en el fondo, no puede constituirse ni concebirse como unidad, so pena de caer en algún reduccionismo o formalismo, incompatibles por sí mismos con el pluralismo asumido. La reducción de los distintos géneros de materia a una unidad, revertiéndolos a uno de ellos se llama formalismo ontológico, lo cual es, en los Ensayos Materialistas, algo así como el paradigma de la “mala” metafísica. El materialismo filosófico se presenta, en su plano ontológico, como una novedad frente al materialismo anterior, una novedad incompatible con aquel y superadora del mismo. Bueno insiste, desde los Ensayos, en designar como materialismo su sistema en actitud polémica y crítica frente a los materialistas anteriores. Como los marxistas-leninistas denominan “materialismo vulgar” a las teorías materialistas predecesoras, no dialécticas (monismo sustancial presocrático, corporeísmo, mecanicismo, sensualismo), así Bueno conserva el nombre –que él debía ver honroso- de materialismo, frente a las modalidades vulgares predecesoras o coetáneas (verbigracia, el marxismo, hacia 1972, fecha de publicación de su obra). Sólo con posterioridad, sobre todo con el enorme desarrollo de su Gnoseología (TCC), otras denominaciones –más afortunadas- emergen o se propagan, aunque siempre con parsimonia (hiperrealismo, constructivismo). Pero ¿para qué mofarse del marxismo a la vez que mantener un pie en su terminología y compartir no ya un proyecto “emancipatorio” sino un trasfondo dogmático, a saber, un realismo materialista?
La verdadera sutileza de la ontología buenista frente al Anti-Duhring de Federico Engels y ante las aportaciones generalmente positivistas y “vulgares” de Lenin o los soviéticos, es la pluralidad irreductible de los géneros de materialidad (M1,M2,M3). La reducción de uno o varios de ellos a M1 es un formalismo (reduccionismo monista), esto es, para entendernos, una especie de lecho de Procusto. Este formalismo es un intento de evacuar, mutilar, eclipsar ciertos aspectos de un género de materialidad llevándolos a “otro terreno”, otro género, con la pérdida consiguiente. Si se nos permite una analogía, sería como situarse ante la cara de un cubo y describir el sólido siempre como un cuadrado, renunciando a ver otras caras visibles, pero no frontales del mismo, y renunciando incluso a la mera “imaginación” conjunta de las seis caras, visibles u ocultas, pero reales y copresentes, aunque no todas copresentes a una sola intuición. La ontología no es sólo la visión de ese sólido, visión de algunas pocas caras del mismo. La ontología debería ser una “hiper-visión” del cubo, en la cual, a partir de una cara frontalmente percibida, y las proyecciones de al menos otra más de sus caras, la mente pueda formar la visión completa (tras las operaciones pertinentes) de la totalidad. Totalidad que no es perceptible sino en su sucesión, una sucesión de caras (de cuadrados) que lleva su tiempo y que sólo tiene posibilidad tras operaciones, unas operaciones de “imaginación interna” que virtualizan operaciones quirúrgicas, locomotrices, palpatorias, etc. (dar la vuelta al cubo, alzarlo si es posible, subirse a él o verlo desde arriba, contar sus caras, incluyendo la que linda con el suelo, etc.).
El Ser, designado ahora por Bueno como Materia, en un sentido ontológico-general, no es más que un concepto-idea puramente negativo. Sólo cobra sentido como límite, y como concepto límite es inalcanzable: no “existe” en cuanto que no designa ninguna realidad positiva; no hay operaciones ni relaciones que puedan fijar o determinar una entidad o sistema de entidades como ese. El uso gramatical del singular, y el empleo de la mayúscula (la Materia, el Ser, la Sustancia) es un recurso fácil en manos de todo lector para poder detectar la (falsa) positivización de aquello que, de por sí, carece de contenido, y que sólo es un límite –no un término con referente- o abstracción dentro del proceso dialéctico, de un regressus. El regressus es un momento, esto es, un aspecto parcial de ese sentido regresivo, sentido que también en Filosofía recibe el nombre de análisis. El único regressus que ofrece resultados positivos (categoriales) es aquel que ocupa una posición intermedia, y puede servir como punto de arranque para un nuevo progressus. En Química, el regressus al átomo-elemento, en Biología, el regressus a la célula, etc. Ese regressus fija, determina y “descubre” unidades que luego devienen piezas indispensables para posteriores y novedosos progressus (síntesis). Las categorías de la Química, de la Biología o de cualquier otra ciencia positiva quedan, de hecho, reorganizadas esencialmente y “ya nunca serán las mismas” una vez fijado el término medio del regressus a partir del cual no se pierde impulso reconstructivo. Este punto medio es justamente el momento dialéctico en que ha tenido lugar un cierre categorial (por identidad sintética), esto es, un cierre en el que las operaciones –subjetuales- extraen unidades o relaciones esenciales a partir de un fondo fenomenólogico, pero también las unidades o relaciones esenciales desde las cuales se pueden buscar o hacer propagación de nuevas síntesis. El nivel intermedio de regressus toma impulso para nuevas síntesis en función del nivel tecnológico y demás contextos histórico-sociales en que acaece la Producción, que puede hacer materialmente posible la propagación o expansión hacia nuevas síntesis. La fertilidad progresiva en el conocimiento científico-positivo sólo viene garantizada desde los regressus intermedios, en donde la capacidad operatoria (M2) del ser humano puede fijar los términos fisicalistas (M1) que verdaderamente “anudan” o relacionan (por identidad sintética) todo un racimo compuesto por otros términos, que desbordan la determinación fisicalista aunque materialmente la incluyan (M3).
La capacidad operatoria del ser humano, históricamente considerada, constituye el verdadero centro vivo de la ontología constructivista de Gustavo Bueno. Ese núcleo, desde la perspectiva histórica (la de un materialismo histórico que precede, acompaña y engrana con el materialismo ontológico) se denomina Producción, pero desde un punto de vista abstracto-gnoseológico, en realidad es el Sujeto Operatorio el tipo de entidad (puramente funcional, como centro de operaciones) que va haciendo posible, social e históricamente, la existencia de sucesivas capas de realidad operada, transformada. La Producción, como idea nuclear e histórico-dinámica de la Ontología buenista, corre serio peligro de ser reducida a un segundo género de materialidad a su vez encorsetado bajo algún sociologismo o reduccionismo económico si es que no escapamos de ciertos procedimientos marxistas muy al uso. Este reduccionismo volcado a M2 no es ahora el reduccionismo mentalista o Idealista (la Mente, el Espiritu), al modo solipsista (Berkeley) o Idealista alemán (Fichte, Hegel) que devora toda suerte de contenidos, ora fisicalistas, ora esencias. Más bien, una mala inteligencia de la idea de Producción puede, en contextos marxistas (que son desde los cuales, y contra los cuales en parte se escribieron los Ensayos Materialistas), caerse en el formalismo de una “conciencia de clase”, un sujeto fantástico como el “proletariado universal”, o algo semejante, capaz de representarse cuasi-divinamente la legalidad de las fuerzas sociales en liza, y elevar la conciencia por encima de todos los elementos obstacularizadores hacia su “reforma” o “emancipación”. Pero la Producción no es esa especie de Logos al que deben atenerse los sujetos, o el Sujeto (“El Género Humano”) para liberarse o liberar las fuerzas del Progreso. La Producción es el contexto envolvente que hace posible los distintos niveles históricos de contextos operables. El contexto envolvente griego no permitía –y no sólo por infracapacidad tecnológica o por el esclavismo como modo productivo dominante- el efectivo regressus al átomo. Pero el contexto envolvente de una sociedad capitalista industrial altamente tecnologizada, sí lo permite. La Producción es un dios Jano: es, al mismo tiempo, Naturaleza y Cultura, y consiste en la dialéctica o relación conjugada entre estas dos ideas meta-físicas.
La clave para una reformulación no-materialista de la Ontología de Gustavo Bueno, una vez superados los compromisos iniciales de este filósofo con el marxismo o sus proyectos personales de fundamentar o superar el mismo, pasa simultáneamente por una reformulación de la idea de Producción, que es también una suerte de reformulación de la idea de Sujeto Operatorio. En rigor, los Ensayos Materialistas y demás desarrollos ontológicos de Bueno son un constructivismo, y estos dos pájaros se pueden matar de un solo tiro. La “realidad” inagotable y plural, que racionalmente sólo puede designarse como series de realidades dadas en géneros recíprocamente inconmensurables, depende de la actividad operatoria de sujetos humanos, y carece de sentido, no existe, al margen de la aparición de estos seres propiamente humanos en un pasado que, en términos cósmicos, es reciente. Pero, si no se interpreta correctamente, este es un constructivismo que peligra una y otro vez: está cerca de inclinarse por las pendientes acusadas del idealismo y relativismo, que tanto denostan los “materialistas filosóficos”. Pues sin la capacidad operatoria creciente, desde nuestros antepasados prehistóricos, no habría “realidad” alguna, acaso un mero torrente de sensaciones en círculo funcional con acciones motoras, como ocurre con los animales no humanos. Tal parece como si el buenismo no haya asumido plenamente la continuidad filogéntica, desde la ameba, pasando por los antropoides y llegando al Homo sapiens. Continuidad en la cual “círculos funcionales” (sensopercepción-acción) son los tejedores de un mundo fenoménico, la Umwelt, el único mundo existente para los animales. La “unidad”, ciertamente, sólo es unidad fenomenológica y se coextiende con esa unidad regresiva, o concepto límite, que se da en llamar “materia”. Precisamente una ontología pluralista puede edificarse si es que median operaciones de un mayor nivel que los meros círculos funcionales de la vida animal, operaciones gnoseológicas y no meramente cognitivas, operaciones gracias a las cuales la realidad queda formalmente cuarteada.

5.       La cuestión de las izquierdas y las derechas.

Desde unas posiciones marxistas, que abundaban entre los que fuimos sus discípulos, las críticas que don Gustavo emprendió a la distinción izquierda-derecha no fueron entendidas en su momento. En realidad, el maestro emprendió en España, con su propio arsenal lógico (ya he dicho que don Gustavo fue, ante todo y principalmente un lógico) y con sus propias referencias hispanas, la misma labor que en tierras galas, y ultrapirenaicas en general, llevaron a cabo Alain de Benoist y otros pensadores (Robert Steuckers, Guillaume Faye) de la llamada “Nueva Derecha”, a quienes mejor cabría denominar “pensadores transversales”, pues desde la transversalidad es posible defender mejor la Verdad y lo racional, allá donde se encuentre. Bueno empezó a triturar la distinción entre izquierdas y derechas y a muchos nos dejó desconcertado. El mundo posterior a la caída del Muro (ocaso del comunismo) y el mundo posterior al 11-S y 11-M (declaración de guerra del Islam al mundo civilizado) acabarían dándole la razón al filosófo riojano-asturiano. Era justo, necesario y vital que la distinción fuera triturada.
Pongamos por caso, un sistema social de, por y para los trabajadores, que combata el capitalismo salvaje, pero que a la vez defienda la Familia, la Patria y el Estado, como instituciones que mejor pueden servir al pueblo, y dentro de éste, al pueblo trabajador. Con los esquemas ideológicos de las “izquierdas” existentes hoy, esto no es posible. Con las coordenadas del sistema buenista, es posible, y, más aún, es la Razón misma.

Con sus poderosas herramientas lógicas, sobre todo las herramientas de tipo clasificatorio, Bueno distingue diversos tipos de izquierdas (también hizo lo propio con las derechas) y su enajenación con la actual “izquierda del sistema” vino perfectamente subrayada bajo una agrupación, acaso la más numerosa en la izquierda española: el grupo de corrientes e ideologías reunidas por su epígrafe de las “izquierdas indefinidas”. Lo que en época tardofranquista y en la llamada Transición se conocía como “ la izquierda de la izquierda” (trotskistas, maoístas, etc.) no tardaría en convertirse, tras la caída de la URSS en un auténtico engendro, indefinido e irreconocible. La mirada de fuego de don Gustavo, imagen con la que encabezábamos nuestro ensayo, no cejó en su empeño aniquilador. Ese trotskismo y maoísmo, junto con el anarquismo, ya desde muy pronto tan lejanos a la racionalidad de la que todavía se reclamaban Marx y Engels, dieron lugar a todos esos retoños del “marxismo cultural”, producto de laboratorio destilado en las universidades norteamericanas, previo paso por el París del 68 y de otras modas francesas. En el momento de redactar este ensayo (2017), la Izquierda Unida terminal e integrada en el populismo de “Podemos”, junto con el zapaterismo que ha desecho el PSOE y toda socialdemocracia coherente, son herederas natas de esa “indefinición” que, por debajo de su insensatez (“altermundismo”, “utopía”, etc.), esconden fuentes de financiación muy concretas, en términos de dólares y petrodólares. La indigencia intelectual de ciertas ideologías post-marxistas es, en sí misma, un síntoma de quiénes son los propiciadores de la enfermedad de las izquierdas, quiénes la alientan y propalan. Las propias transformaciones del capitalismo posteriores a la Guerra del Vietnam y al Mayo Francés, y con mucha más intensidad después de la caída del Muro, promovían o veían funcionalmente provechosas las ideologías que, bajo capa de gran radicalidad superestructural (estética, simbólica, emocional) reforzaran no obstante la base mundial de la explotación y la acumulación. De ahí que nos expliquemos el gran éxito mediático de tantos pseudo-revolucionarios, la enorme cantidad de millones en concepto de subvención destinados a ONGs, grupúsculos, entidades diversas que supuestamente “van a cambiar el mundo” o nos dicen que “otro mundo es posible”. El Capitalismo descubrió que la izquierda pseudo-radical era rentable, mucho más eficaz y funcional que la rancia derecha conservadora. El nuevo capitalismo, bajo la égida de la Escuela de Frankfurt, de Marcuse, del pensamiento relativista postmoderno, está obteniendo grandes ganancias y colonizando territorios simbólicos, culturales, sociales, mucho más amplios. La Filosofía de Gustavo Bueno, especialmente tras su desafección ante la izquierda post-soviética, ante la izquierda post-moderna e indefinida, es una llama abrasadora que destruye todo el utopismo, toda la ideología inconsistente, la metafísica regresiva y rebarbarizada, la manipulación grosera que se esconde tras esas banderas del “progresismo”. No es de extrañar que algunos de nosotros, desafectos en su día con el pensamiento de Bueno, nos hayamos reconciliado –en parte, y sin abandonar la perspectiva crítica- con algunas de las posturas del Maestro. Pues maestro de los que saben fue Bueno, y adelantado en su visión. Supo, como pocos, que la caducidad del dualismo izquierda-derecha estaba próxima, y que los futuros acontecimientos mundiales nos lo harían ver. La “hemiplejia moral”, y las “dos maneras de ser imbécil”, que Ortega denunciaba en sus días, siguen bien enraizadas en la sociedad española, pero la urgencia de una transversalidad filosófica se nos presenta hoy más que nunca, y otro filósofo de una generación más cercana a la nuestra, don Gustavo, nos avisó con tiempo suficiente. Algunos se enterarán demasiado tarde del engaño. El engaño del capitalismo internacional: dividirnos en izquierdas y derechas cuando la cuestión decisiva consiste en trazar la línea de lucha entre globalización y soberanías nacionales.

6.       La cuestión de la filosofía española y en español.
En este asunto, capital, don Gustavo Bueno también ha “sentado cátedra”. Por fin, desde su silla profesoral, o mejor, desde su “taller de las ideas”, se ha dejado claro de nuevo que una auténtica Filosofía, de repecursión mundial si habla con Verdad, si es Verdadera Filosofía, puede expresarse en lengua española. Y expresar una filosofía en lengua española supone, además, un acto de consecuencias geopolíticas inmensas. Supone una apuesta por el hispanismo como proyecto cultural-geopolítico. No está de más recordar aquí que fue Spengler quien señaló el Imperio Español de los Habsburgo como el primer gran imperio del Occidente moderno, quien impuso su “gran estilo” (burocracia, cancillerías, administración territorial) a todos los imperios subsecuentes (holandés, francés, inglés…). Fue precisamente España la que intentó un proyecto imperial moderno (en absoluto feudal, como pretende ser calificado por sus adversarios), pero no capitalista a ultranza, y a una escala verdaderamente mundial. La España que llegó con sus exploraciones a América del Norte, incluso a Alaska, la España que, una vez controlada las dos Américas, ya hubiera podido, en unión con Portugal, civilizar África y dominar buena parte de Asia, región donde los imperios chino y japonés ya estaban recibiendo misiones y embajadas. Pero ese proyecto hispánico, heredero de Grecia, Roma y heredero también de la civilización germano-católica, se hundió. El proyecto hispano frente al inglés y francés sucumbió ante enemigos que dieron un giro ultra-capitalista a la historia, con la excepción de un cierto resurgir en el siglo XVIII. Pero, ahora bien, en la Historia hay que examinar los ciclos de larga duración, analizar “el declive hispano” en sus más largos tramos y observar si un valle en la curva vital, es apenas un receso temporal. La hegemonía cultural francesa y anglosajona sobre “Occidente” ahora ha declinado. El propio Occidente con estos viejos imperios (todos ellos, incluído el último, los EEUU ya van pareciendo vetustos como imperios hegemónicos, tras sus derrotas contínuas desde la II Guerra Mundial), sucumbe. El mundo se reorganiza rápidamente de una forma multi-polar, y otro Imperio, tan semejante en su historia y destino al imperio hispano en muchos aspectos, como su alma mater oriental, el ruso, va recobrando fuerza una vez caído el comunismo. En derredor, orbitando como imperios medianos, países que recientemente parecían “tercermundistas” y marginales cobran realce: Irán, China, India… Europa, mientras va perdiendo sus raíces y se entrega, sumisa, drogada, a una suicida multiculturalidad (que en el fondo es una mezcla de americanismo y de islamismo) necesita del hispanismo. Y Europa lo necesita no ya por el exiguo peso que el Reino de España tiene hoy en la periferia de la UE (una UE que, para colmo, es concausa principal del declive de nuestra civilización), sino por la potencia inmensa que proporcionan los millones de hispano-hablantes y luso-hablantes que viven al otro lado del Atlántico. Estos ciudadanos son, por derecho, “hijos de Europa”, savia de Occidente, y una adecuada filosofía (verdadera) es la que les puede salvar. A ellos, de la degradante dependencia yanki y del retrógrado “indigenismo”. Y a nosotros: a nosotros nos salvará el hispanismo, pues los españoles vivimos sumidos en una degradante vorágine centrífuga, en la que se concitan las fuerzas separatistas con oscuros intereses extranjeros. Tomar plena conciencia del potencial que la lengua y la cultura hispanas poseen (de hecho, y no sólo como desideratum) en el mundo es fundamental: es el punto de engarce entre una adecuada visión geopolítica y una filosofía “a la altura de nuestro tiempo”. La lengua no es sólo un vehículo que transmite información, la lengua es expresión y núcleo difusor de unos valores alternativos de los de otras culturas, imperios o civilizaciones incompatibles y, en el límite, enemigas. El idioma español es enemigo del idioma inglés en la medida en que los valores de nuestra monarquía romano-católica eran diametralmente opuestos al economicismo puritano o protestante anglosajón. El español se midió a cañonazos con los hijos de la Gran Bretaña (incluyendo aquí el imperio yanki), tal y como se midió anteriormente con los franceses, moros y turcos. Las lenguas son armas, armas para la unificación tanto como para la disgregación. Y las potencias enemigas del proyecto cultural (imperial) hispanista incluyen como armas la imposición de sus concepciones del mundo, el estilo de pensar, la reorganización de la escala axiológica, etc. No bien acaba España de reajustarse, con gran esfuerzo, a las modas culturales anglosajonas, cuando llega en nuestros días una nueva influencia, fuertemente financiada con capital extranjero: la islamización. En este sentido, la unidad geopolítico-cultural de una fuerte comunidad ibero-hablante, moviéndose en la escala de los mil millones de personas, podría ser un importante bloque de contra-poder en el mundo multipolar de nuestros tiempos. España no tiene ningún motivo para ser arrastrada en el declinar agónico del Imperio anglosajón, ni seguir siendo la sierva periférica de la Alemania despótica, sentada en el centro de la U.E. Mucho menos existen motivos para volver a someterse a un Califato musulmán, hoy en trance de reconstrucción, y se halla geográficamente muy lejos de los otros Imperios renacientes más al Este, el Ruso y el Chino. En cuanto a éstos dos últimos imperios, precisamente por su lejanía debemos albergar menos temores, y puede que sea muy práctico reforzar contactos y alianzas con ellos, ante los últimos zarpazos del Imperio yanki declinante.
 Filosóficamente, España y el hispanismo pueden desempeñar un papel decisivo: son “Occidente”, pero un Occidente alternativo al imperialismo depredador anglosajón: los hispanos somos herederos mucho más directos del mundo clásico y católico y en los siglos XVI-XVIII ofrecimos un proyecto de Modernidad diferente al que desgraciadamente triunfó. España, al ser parte de Europa, y haber sido su baluarte en el pasado, puede transformar Europa por medio de un idioma filosófico como es el español.
España, al ser históricamente el dique de contención de las oleadas afroárabes, puede volver a ser ese baluarte que las detenga, que devuelva a los invasores y a los caballos de Troya de la barbarie a los continentes de donde nos llega (África y Asia). Una verdadera filosofía en español, geopolíticamente dotada de respaldo, que renueve la europeidad a nuestro continente: ésta me parece que fue la visión que tuvo Bueno. En suma, puede ser la filosofía hispana –si esta es racional- la que coadyuve a que toda América salga del doble atolladero del imperialismo yanki y de la necedad indigenista, el justo medio, el reencuentro con la propia raíz de estos pueblos. Sólo una Filosofía puede salvarnos. Don Gustavo supo ver perfectamente estas implicaciones geopolíticas del hispanismo filosófico, la formación de un Bloque estratégico contrarrestante, si bien algunos de sus “herederos” y discípulos hicieron mucho el ridículo a la hora de llevar a la práctica inmediata este proyecto. El proyecto es difícil, dado el clima de hispanofobia reinante a ambos lados del atlántico. Exige la existencia de una amplia comunidad de intelectuales “identitarios”, esto es, altamente conscientes de su dúplice ser como europeos (nativos o descendientes culturalmente hablando) y como hispanos, lejos de cerriles dogmas y consignas, llevando a cabo durante años un duro trabajo filosófico y metapolítico. Sólo tras décadas así, se verían frutos hermosos.

7.       La cuestión de España.

La cuestión de un idioma español de alcance geopolítico (“imperial”) me lleva a la “cuestión de España”. Sigo siendo muy reticente al jacobinismo radical que se desprende de la lectura de trabajos buenistas, especialmente los de las últimas generaciones de seguidores, jóvenes, ajenas al aroma original que se desprendía del saber de Bueno. Es cierto que la unidad de España está siendo amenazada, desafiada un día sí y otro también, y que esta una amenaza real y seria. Es cierto que don Gustavo fue, desde hace años, más clarividente que muchos de nosotros. Muchos que, en otro tiempo, abogábamos más abiertamente por soluciones federalistas y confederalistas. Ahora se ciernen sobre España unas amenazas mayores, si cabe, que las de épocas todavía recientes en las cuales ETA asesinaba. Existía (y existe, pues está sin disolver) organización criminal junto a la cual había una serie de hijuelas, una serie diversos grupúsculos radicales y violentos en periferias diversas (Cataluña, Asturias, Galicia…), que atentaban o amagaban con hacerlo para fraccionar una parte del territorio y enajenarla a la Soberanía española. El terrorismo sangriento se ha detenido, pero por el contrario “el brazo político” de quienes quieren disgregar España no, más aún, se ha generalizado increíblemente en todo el territorio. Organizaciones populistas de signo radical, como “Podemos” y sus franquicias, están haciendo suyas numerosas consignas de la ETA y de sus hijuelas a favor de la autodeterminación y del soberanismo. Lo que no puede hacer una banda de asesinos localizada regionalmente, sí lo puede conseguir una alianza de fuerzas de izquierda radical, repartida por todo el Estado y mucho mejor financiada desde el exterior. Esta ruptura de la soberanía sería la liquidación total del proyecto multisecular de España, una de las naciones históricas más antiguas de Europa, heredera del Reino de Asturias y de los otros núcleos cristianos pirenaicos que pudieron  sobrevivir al amparo del Reino Asturiano y del Imperio de los francos. España no sólo es una vieja nación, heredera de aquella revuelta de Pelayo en el siglo VIII, sino también una de las de mayor proyección sobre otras naciones hijas y herederas. El naufragio de España, si un día aconteciese, será fruto de una irresponsabilidad mayúscula. La postura de Bueno en ese tema fue clara, contundente, militante.

Pero, atención, no debe arrojarse al niño junto con el agua de la bañera. La importancia decisiva del idioma español en la geopolítica mundial no está reñida con la defensa de posiciones regionalistas y con el uso y cultivo de las distintas lenguas regionales. Esta defensa del regionalismo y de las patrias y lenguas regionales no está en contradicción con la fortaleza de una España unida fuertemente en autoridad, defensa y destino. El federalismo de izquierda anterior a la fundación del PSOE, y el carlismo y tradicionalismo anteriores al desastre de 1936, atestiguan este pensamiento antijacobino. En la cuestión de las lenguas, creo que lo más acertado en la llamada Transición hubiera sido denominar “lenguas españolas” a todas las otras lenguas del Estado distintas del castellano (Catalán, vascuence, bable, gallego, ect.) pues, en efecto, lo son. El multilingüismo de la nación española es sumamente enriquecedor. Como hablante y escritor en lengua asturiana me he sentido molesto por la actitud de Gustavo Bueno en este asunto. La tendencia, un tanto radicalizada, a mostrarse “jacobino” y enemigo del bable no le favoreció precisamente en su proyección pública, especialmente dentro del Principado.

Bueno nunca fue tibio con los nacionalismos “fraccionarios”, los señaló como ideologías francamente irracionales. Resulta difícilmente aceptable, desde una postura racional, que ciertas formaciones nacionalistas y ciertos intelectuales vinculados a ellas pretendan reescribir la Historia de España de la manera en que lo vienen haciendo desde 1978. Nunca hubo una “Euskalherria” independiente, nunca hubo un “Estado Catalán”, etc. Las peores tesis raciológicas y el más horrendo esencialismo se puede localizar no sólo en los textos de Sabino Arana, y demás “padres” de nuevas naciones inventadas, sino en ciudadanos que ostentan de cargos públicos y amplios privilegios académicos, editoriales, periodísticas , etc. en esta España que supuestamente tanto les oprime. La denuncia de las imposturas separatistas y la reconstrucción racional de la Nación Española –más allá del pobre jacobinismo de algunos discípulos- será siempre una de las glorias con las que será recordado Bueno.

Concluyendo.


Debo confesar que, a partir 1998, perdí contacto con gran parte de la producción de Bueno y del “materialismo filosófico”. El abandono en que cayó la Teoría del Cierre Categorial y las incursiones editoriales de Bueno en un tipo de libros que me parecían un tanto caprichosos en su tratamiento, así como políticamente coyunturales, enfriaron mi interés. La crisis de identidad en que se ve sumida España, y toda Europa, sin embargo, está renovando en mí un un regreso al estudio de su obra y su figura. Esta obra y figura se agigantará con el paso del tiempo. Será de justicia. También debo aclarar, antes de dar clausura al texto, que siempre he distinguido claramente entre la obra de don Gustavo, y los textos cualquier indigente intelectual que se proclame “buenista”. La verdad de una obra no está del lado de los murmuradores y los “herederos” oficiales. Herederos somos todos los que queramos profundizar en su obra o servirse honestamente de ella. Sirva mi artículo como homenaje a esta “mirada de fuego”. Necesitamos muchos así.